Tema 2 Psicología Social | Cognición Social. El Piloto Automático y la Torre de Control de Mente S.A.
El Gran Colapso de Mente S.A.
Hoy te toca imaginar que diriges una empresa de mensajería que recibe ochenta mil paquetes por segundo.
Cada paquete es un estímulo social.
La mirada de reojo de tu jefe en el pasillo.
El tono sospechosamente plano de un mensaje de texto.
Decidir si el vecino del ascensor quiere conversación o solo sufre un tic nervioso.
Si tuvieras que examinar cada uno de esos paquetes de forma manual, tus servidores explotarían antes del café de las diez.
Bienvenido a Mente S.A.
Así funciona la multinacional que llevas metida en el cráneo. En psicología teórica a esto lo llaman cognición social.
Para evitar la quiebra y el colapso mental, hoy tengo el papel de director general. Es el truco para que entiendas y memorices sin darte cuenta el temario de la asignatura de psicología Social de la UNED.
El secreto de la supervivencia de nuestra empresa de mensajería de hoy es muy simple: delegar.
Para ello contamos con dos trabajadores en conflicto permanente.
El primero es «Auto», nuestro software de procesamiento automático. «Auto» trabaja sin intencionalidad. Se activa solo, sin pedirte permiso. Está fuera de tu control deliberado. No requiere esfuerzo porque utiliza plantillas ya almacenadas en tu memoria. Es una herramienta muy eficiente. Clasifica mil paquetes mientras tú estás ocupado pensando en qué vas a cenar.
En el extremo opuesto de la oficina se sienta «Control», la supervisora humana.
Ella se encarga del procesamiento controlado. Su trabajo es intencionado y requiere tu permiso consciente. Su labor exige un esfuerzo descomunal y consume tantos recursos cognitivos que tenerla activa mucho tiempo te deja seco.
Por eso, «Control» solo interviene cuando el software comete un fallo o cuando la situación es tan nueva y compleja que las respuestas automáticas no sirven.
El gran problema al que se enfrenta nuestra empresa de mensajería es que los paquetes, en forma de estímulos sociales, nunca paran de llegar
Por cierto Bienvenido a Diario de una Cebra. Si es tu primera vez por aquí, te estarás preguntando qué demonios es esta fantasía corporativa. Te lo repito. Hoy me toca ponerme la corbata de director general de Mente S.A.
Me funciona mucho mejor usar metáforas absurdas antes que leerme un manual de psicología social con voz de cura.
Hoy vamos a auditar esta caótica empresa de mensajería.
Analizaremos las plantillas de correo preestablecidas que usas para clasificar a la gente sin mirarla. La teoría las llama esquemas sociales.
Veremos los atajos de teclado que usas para tomar decisiones en milisegundos. Técnicamente son los heurísticos.
Y, por supuesto, destaparemos los fallos de envío más estúpidos del sistema: los errores de cognición social. Desde el pensamiento mágico hasta la falacia de la planificación.
Cuando un error se convierte en costumbre, se transforma en sesgo. Esos sesgos que te hacen creer que terminarás un informe de treinta páginas en una tarde.
Por último, veremos cómo el clima emocional de la oficina sabotea el rendimiento de los servidores.
Mi intención con este circo es simple. Si como yo, eres un estudiante de la UNED, trato de que apruebes Psicología Social sin memorizar párrafos infumables.
Y, si también, como yo, eres un adulto de esos que el entorno califica de «intensos» y vives en un estado de sobreestimulación constante, quiero que entiendas por qué tu hardware a veces procesa la mirada de un cajero de supermercado como si fuera una declaración de guerra. Pongámonos a trabajar.
Pilotos Automáticos y Juntas Directivas Estresadas | Procesamiento automático y controlado en el pensamiento social
Para que Mente S.A. no declare la quiebra hoy mismo, mi primera decisión como director general es delegar casi todo en «Auto».
El psicólogo John Bargh definió en 1994 las cuatro variables que separan a este software de la supervisora humana, «Control»: la intencionalidad, el control, el esfuerzo y la eficiencia.
Pero hablemos de «Auto». Este programa es el empleado del mes, todos los meses.
Trabaja sin intencionalidad. No necesita que le des al botón de inicio; se ejecuta solo ante cualquier estímulo social. Además, está fuera de tu control deliberado. Intentar detener un pensamiento automático o un prejuicio una vez que se ha activado es como intentar frenar un camión de reparto sin frenos cuesta abajo.
Lo mejor es que no requiere esfuerzo. No gasta batería porque se apoya en estructuras de conocimiento que ya tienes almacenadas en la memoria. Y es muy eficiente. Puede clasificar miles de interacciones sutiles mientras tú arrastras los pies hacia la cafetera.
¿Cómo aprende «Auto» sus funciones?
Por pura repetición. Piensa en cuando aprendiste a conducir.
Al principio, «Control» tenía que supervisar cada movimiento. Embrague, marcha, retrovisor, intermitente. Tu cerebro sudaba.
Eso es procesamiento controlado: consciente, lento y con un consumo de recursos cognitivos que te dejaba exhausto.
Pero tras miles de kilómetros, «Auto» asimiló el proceso. Ahora conduces de vuelta a casa mientras piensas en tus traumas de la infancia y, al llegar, ni recuerdas cómo has tomado las rotondas. Tu atención ha quedado libre para otras tareas.
A veces, los de la junta directiva, tu pensamiento consciente, creen que tomar decisiones analizando cada variable es la única forma de trabajar bien. Gran error. El procesamiento controlado tiene un ancho de banda limitado. No puede manejar demasiados datos a la vez.
Para demostrar que a veces es mejor mandar a «Control» a tomar un café y dejar que «Auto» trabaje en segundo plano, Dijksterhuis y van Olden diseñaron un experimento en 2006.
Imagina que en Mente S.A. tenemos que elegir un póster para decorar la oficina.
En su estudio, dividieron a los participantes en tres grupos.
A los de la condición de decisión inmediata les mostraron los pósters y les hicieron elegir al instante.
A los de la condición de pensamiento consciente les dieron noventa segundos para mirar los pósters y les obligaron a escribir sus argumentos y evaluaciones en un papel.
Por último, a los de la condición de pensamiento no consciente les enseñaron los pósters y luego los distrajeron resolviendo anagramas para evitar que pensaran en la elección de forma consciente. Minutos después, eligieron.
Semanas más tarde, los investigadores los llamaron por teléfono. Querían medir su nivel de satisfacción con el póster y por cuánto dinero estarían dispuestos a venderlo. ¿Quiénes crees que estaban más contentos?
Los analíticos de «Control» resultaron ser unos infelices.
Los participantes del pensamiento no consciente —los que dejaron que «Auto» procesara la información en segundo plano mientras ellos resolvían anagramas— mostraron la mayor satisfacción, con una media de 9,56 sobre 10. Además, valoraron su póster con el precio de venta más alto: 7,3 dólares.
Los hiperanalíticos que escribieron sus pros y contras solo lo venderían por unos míseros 5,03 dolares de media.
Vamos a ver los trucos de presentación a los que se enfrenta «Auto».
La ciencia llama a esto framing o efecto de encuadre.
Mente S.A. lo llama marketing corporativo.
El sistema presenta los mismos datos con apariencias distintas. El objetivo principal es la persuasión.
Epley y Gneezy demostraron esto con dinero en 2007.
Las personas gastan rápidamente una bonificación.
Las mismas personas ahorran un reembolso. El reembolso simboliza la devolución de una pérdida. La bonificación representa un premio.
Por otro lado, Rothman y su equipo analizaron mensajes de salud en 2006.
En la prevención de enfermedades, el encuadre resalta las ganancias. Ejemplo: tomar yogur reduce el colesterol.
En la detección de enfermedades ocultas, el encuadre destaca las pérdidas. Ejemplo: la falta de yogur aumenta el colesterol.
«Auto» reacciona ciegamente ante la apariencia del mensaje.
¿Por qué ocurre esto? Porque el pensamiento consciente se satura.
Cuando intentas meter demasiadas variables en la cabeza de «Control», el sistema colapsa y acabas eligiendo mal. «Auto», en cambio, tiene sus propias reglas de eficiencia.
Cerebros intensos, no penséis tanto. No le déis tantas vueltas a las cosas. A veces, dejar que el software trabaje en segundo plano mientras tú te distraes es la única forma de que Mente S.A. tome la decisión correcta.
El Almacén de Plantillas de Excel | Esquemas sociales
¿Pero cómo logra «Auto» procesar esa avalancha de datos sin que la CPU de Mente S.A. empiece a oler a plástico quemado?
Muy sencillo. Nuestro software no redacta cada respuesta desde cero. En su lugar, utiliza plantillas de correo preestablecidas. En el manual de psicología Social, estas plantillas se definen como esquemas sociales.
Según Susan Fiske y Shelley Taylor, un esquema es una estructura cognitiva independiente. Representa el conocimiento abstracto que tienes sobre un grupo de estímulos.
Estos estímulos agrupados tienen algo en común. El esquema incluye sus atributos y las relaciones que se establecen entre ellos.
Hablando en plata: es un molde mental.
Si Mente S.A. recibe un paquete con forma de pato, que hace «cuac» y tiene plumas, «Auto» le aplica la plantilla de «pato» y archiva el paquete. No pierde tiempo analizando si es un ornitorrinco mutante.
En nuestra oficina de Mente S.A. manejamos cinco tipos de plantillas para clasificar la realidad.
La primera es la plantilla de personas y grupos. Aquí guardamos la información sobre individuos específicos, como ese compañero de oficina que sospechosamente nunca tiene cambio para el café.
También metemos en esta carpeta a grupos enteros.
El ejemplo más claro de esta plantilla son los estereotipos. Si ves a alguien con traje de chaqueta y maletín, «Auto» activa la plantilla de «tiburón corporativo». Asumes que es competitivo antes de que abra la boca.
Estas platillas te ahorran pensar, pero a costa de equivocarte a menudo.
La segunda es la plantilla del yo, o esquemas del yo.
Esta es la base de datos más sofisticada de toda la empresa.
Contiene la información sobre nosotros mismos. Nuestras destrezas, habilidades, logros, fracasos y preferencias.
Robert Baron y Donn Byrne señalaron que, como dedicamos tanto tiempo y esfuerzo a pensar en nosotros mismos, esta plantilla es extremadamente compleja y está muy bien articulada.
Es un archivo extenso que nos permite gestionar cómo nos comportamos y respondemos ante diversas situaciones.
La tercera plantilla es la de roles. Contiene las reglas de juego para las personas que ocupan un puesto determinado en la sociedad. Un profesor, un policía, un político.
Esta plantilla te dice qué esperar de ellos y cómo debes interactuar.
Si un tipo con uniforme te da el alto en la carretera, no le cuentas un chiste.
Tu plantilla de rol te indica que debes bajar la cabeza y buscar los papeles del coche.
La cuarta plantilla es la de sucesos, también conocida en la jerga técnica como scripts o guiones de acción.
Son secuencias típicas de comportamiento en situaciones muy específicas.
Son protocolos de actuación que ejecutas sin pensar.
Piensa en el script de presentarte a un examen de la UNED. Llegas, buscas el aula, enseñas el carné de estudiante, te escanean por si llevas dispositivos, te dan el examen, te sientas en el pupitre asignado y lees las instrucciones. No te pones a cantar ópera.
Por último, tenemos las plantillas abstractas de resolución de problemas. Estas no tienen un contenido concreto. Son fórmulas genéricas, como las macros de Excel, que sirven para buscar causas y efectos.
Pero aquí surge una pregunta vital para la supervivencia de nuestra empresa: con miles de plantillas guardadas en el disco duro, ¿cómo decide «Auto» cuál abrir en milisegundos cuando nos llega un paquete ambiguo?
No tira unos dados. Se basa en la accesibilidad. «Auto» abre la plantilla que tiene más a mano
En el libro, a esta accesibilidad basada en la cercanía temporal la llaman priming. En Mente S.A., lo llamamos «el historial de navegación» o «las cookies de seguimiento».
El priming ocurre cuando la exposición a un estímulo previo activa una información en tu memoria que condiciona tu respuesta inmediatamente después, sin que «Control» se entere.
En la investigación realizada por Bargh y su equipo en 1996. Instalaron un programa en segundo plano en los servidores de varios sujetos, haciéndoles ordenar frases.
A un grupo le dieron frases con palabras relacionadas con la «mala educación» y a otro grupo palabras de «amabilidad».
Al terminar de ordenarlas, los sujetos debían ir a preguntar al investigador por la siguiente tarea, pero este estaba hablando con otra persona, ignorándolos.
¿Qué ocurrió? El priming hizo su trabajo. Los sujetos que habían sido primados con las palabras de mala educación interrumpieron la conversación muchísimo más rápido que los demás.
Una simple cookie temporal de «mala educación» alteró su comportamiento físico en el mundo real.
Llegados a este punto, la junta directiva entra en pánico.
¿Estamos condenados a ser marionetas de las últimas palabras que hemos leído?
Tranquilidad. Hay una forma de detener este proceso. Los psicólogos lo denominan unpriming. En nuestra oficina, esto equivale a «vaciar la memoria caché».
Sparrow y Wegner demostraron en 2006 que un esquema activado se puede desactivar siempre y cuando le permitas expresarse.
Para ello, en su experimento, hicieron a los participantes preguntas obvias de sí o no.
A un grupo le obligaron a dar una primera respuesta correcta y una segunda aleatoria.
A otro grupo solo le pidieron una respuesta aleatoria.
¿El resultado? Al grupo que solo se le pidió responder al azar le fue imposible hacerlo bien; su esquema de «responder correctamente» se activó en segundo plano y se quedaron atrapados en él, dando la respuesta correcta el 58% de las veces.
Sin embargo, a los que se les permitió dar primero la respuesta correcta —expresando así su esquema— lograron vaciar la caché, lo que les permitió responder al azar en la segunda pregunta sin ningún problema.
Si dejas que el software ejecute su comando una vez, la asociación se desactiva.
Por otro lado, nuestras metas personales activan o inhiben plantillas.
Plant y Devine lo demostraron en 1998.
«Control» siempre asume el mando en caso de relaciones públicas.
Estás en una reunión social. Los asistentes valoran las actitudes positivas. «Auto» selecciona un estereotipo negativo.
Pero llega «Control» y bloquea ese archivo conscientemente. El objetivo es encajar. Tu supervisora se encarga de ocultar el prejuicio y salvarte el culo.
Estas plantillas son muy útiles para limpiar el buzón de entrada de Mente S.A. Permiten actuar rápido y sin esfuerzo
El problema es que tienen un reverso oscuro.
Son extremadamente rígidas.
Una vez que «Auto» crea una plantilla, se vuelve muy resistente al cambio. Pero de ese peligroso sesgo y de cómo sabotea tus decisiones hablaremos a continuación
El Algoritmo de Selección y el Virus de la Profecía | Influencia de los esquemas en el pensamiento social
El gran problema de «Auto» con sus famosas plantillas de correo no es solo que las use.
La putada es cómo las impone a todo el sistema de Mente S.A. a través de tres procesos que determinan qué paquetes entran, cuáles se guardan y cuáles acaban en la trituradora de papel.
En la teoría estos procesos se llaman atención, codificación y recuperación.
Hablemos de la atención.
Es el portero de nuestro edificio corporativo.
Cuando el buzón de entrada está colapsado, «Auto» activa el filtro de spam. Solo deja pasar aquellos paquetes que son consistentes con las plantillas que ya tenemos abiertas.
Ziva Kunda demostró en 1999 que hacemos esto porque procesar información consistente requiere un esfuerzo ridículo.
Si tu plantilla dice que los adolescentes son unos maleducados, tu atención se fijará únicamente en el chaval que no ha cedido el asiento en el autobús. Ignorarás a los otros quince que están leyendo o mirando el móvil de forma pacífica.
Tu filtro ha decidido lo qué es real y lo qué no.
Luego viene la codificación. Es decir, cómo archivamos los paquetes en el disco duro de la memoria. Por norma general, guardamos lo que encaja con nuestras plantillas. Pero aquí hay un matiz técnico que puede ser crucial para tu aprobado.
¿Qué pasa con la información que es extremadamente inconsistente y no encaja con el proceso de atención? ¿La borramos?
No. Charles Stangor y David McMillan comprobaron en 1992 que la información muy inconsistente no se pierde.
Lo que hace «Auto» es meterla en una carpeta especial, en un servidor aparte de la memoria a largo plazo, bajo una etiqueta de color rojo chillón que dice «Anomalía».
Por ejemplo, si siempre has creído que tu jefe es un tacaño redomado y un día te regala una botella de vino de doscientos euros, ese paquete no encaja en tu plantilla. Así que lo archivas por separado con la etiqueta de «suceso paranormal».
El tercer paso es la recuperación. Cuando necesitamos sacar un archivo del almacén.
Por norma general, nos resulta mucho más fácil recuperar la información que es consistente con nuestras plantillas. La información inconsistente, aunque no se pierde, ya hemos visto que queda guardada en esos «servidores separados» y su acceso es menos fluido.
Lo que realmente se pierde en el limbo es la información que no logramos procesar con eficiencia cuando el sistema está bajo sobrecarga.
Este sistema de archivo provoca el llamado efecto de perseverancia.
Tus plantillas son más difíciles de destruir que una cucaracha en un ataque nuclear. Aunque te presenten datos objetivos que demuestren que tu plantilla está desfasada, «Auto» se negará a actualizar el software. Es una resistencia ciega al cambio.
Pero el fallo de seguridad más terrorífico de Mente S.A. ocurre cuando una plantilla defectuosa empieza a alterar el funcionamiento físico de la oficina de fuera.
En psicología esto se conoce como profecía autocumplida o efecto Pigmalión.
El sociólogo Robert Merton lo describió en 1948 como un bucle absurdo: tienes una creencia errónea sobre cómo va a actuar alguien, esa creencia altera tu propia conducta y acabas provocando que la otra persona se comporte exactamente como predecías.
Daniel Gilbert explicó en 1995 que esto utiliza dos mecanismos para infectar la realidad. El primero es que obligas a la otra persona a ajustar su conducta a tus expectativas. El segundo es que limitas físicamente su rango de movimientos para que no pueda actuar de otra manera.
El ejemplo clásico lo firmaron Robert Rosenthal y Lenore Jacobson en 1968 en una escuela de San Francisco.
A principio de curso hicieron pruebas de inteligencia a los niños y luego les dieron a los profesores una lista con los alumnos que supuestamente eran superdotados y estaban a punto de estallar académicamente.
Mentira.
Los nombres habían sido elegidos al azar metiendo la mano en una urna. La única diferencia real estaba en la cabeza de los profesores. Sus plantillas mentales ya habían sido hackeadas.
Meses después, volvieron a evaluar a los niños. Los falsos superdotados habían mejorado sus puntuaciones de cociente intelectual.
¿Magia? No. Un bug del sistema.
Rosenthal demostró que los profesores, condicionados por su plantilla, trataron a esos alumnos de forma totalmente diferente.
Les prestaban más atención, les proponían tareas más difíciles y les daban más tiempo para responder. Crearon la realidad que esperaban encontrar.
Si eres un adulto con altas capacidades que creció escuchando que era «un vago que no se esfuerza», tu cerebro probablemente automatizó esa plantilla.
Llevas años saboteando tus propios proyectos para que la realidad encaje con el maldito archivo de tu infancia. Has estado limitando tu rango de conductas para no llevarle la contraria al software. Borra esa plantilla de mierda.
Los Atajos de Teclado del Procesador | Heurísticos
Para que Mente S.A. no se declare en quiebra por exceso de papeleo, «Auto» no solo usa plantillas rígidas.
A veces, la situación requiere tomar una decisión en milisegundos y no hay tiempo ni de cargar un archivo de Excel.
En esos momentos de pánico logístico, nuestro software utiliza macros de ejecución rápida. Atajos de teclado. Los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman definieron en 1974 estas herramientas como heurísticos.
Un heurístico es una regla muy sencilla que usas para hacer juicios rápidos sin consumir apenas recursos cognitivos. Son atajos mentales muy eficaces. El problema es que, como cualquier acceso directo barato, a veces corrompe el archivo de destino y te lleva a cometer errores lógicos.
En nuestra auditoría de hoy de Mente S.A., hemos detectado cuatro atajos de teclado que «Auto» pulsa constantemente de espaldas a «Control».
El primero es el heurístico de representatividad.
Este atajo sirve para calcular la probabilidad de que un paquete pertenezca a un grupo determinado basándose únicamente en la semejanza física. «Auto» hace un juicio de similitud y se queda tan ancho.
Tversky y Kahneman lo demostraron en 1973 con el famoso caso de Steve. Imagina que te llega una descripción al buzón de entrada: «Steve es muy tímido, introvertido, servicial, ordenado, con pasión por el detalle y necesidad de estructura».
Ahora, «Auto» tiene que clasificar su profesión entre granjero, actor, bibliotecario, buzo o cirujano. ¿Qué hace el software? Compara la descripción de Steve con la plantilla estereotípica de cada profesión. Como encaja con la de bibliotecario, pulsa el atajo y decide que Steve es bibliotecario.
«Auto» ignora por completo la realidad. No calcula cuántos granjeros hay en el país en comparación con el minúsculo porcentaje de bibliotecarios. Ha sobrestimado la probabilidad por pura semejanza.
El segundo atajo es el heurístico de simulación, codificado por los mismos autores en 1982. Este comando se activa cuando tienes que predecir el futuro o diagnosticar un suceso. Consiste en estimar que algo es muy probable solo porque te resulta muy fácil visualizarlo en tu cabeza.
El ejemplo está en el experimento de Mr. Crane y Mr. Tees. Vamos a llamarlos Antonio y Juan.
Ambos van al aeropuerto en el mismo taxi, se meten en un atasco y llegan media hora tarde a sus vuelos.
Al llegar al mostrador, a Antonio le dicen que su vuelo salió puntual hace media hora. A Juan que su vuelo se retrasó y despegó hace solo cinco minutos. ¿Quién crees que está más furioso?
Exacto. El pobre Juan está al borde del infarto.
Objetivamente, los dos han perdido el avión y están en la misma situación. Pero «Auto» le genera a Juan muchas simulaciones mentales muy fáciles de cómo podría haber llegado a tiempo. «Si el taxista no hubiera parado en ese semáforo», «si no hubiera facturado esa maleta». Esa facilidad para construir escenarios alternativos es el combustible de tu frustración.
El tercer atajo es el heurístico de disponibilidad. Este comando estima la frecuencia de un peligro basándose en lo rápido que el servidor encuentra un archivo guardado en el escritorio. Lo que tienes más accesible en la memoria te parece lo más frecuente.
Piensa en tu pánico a volar.
Si tienes que viajar, «Auto» busca información sobre accidentes. El accidente de avión de la semana pasada, con imágenes de restos en televisión, está en el escritorio de tu sistema en alta resolución.
En cambio, los miles de accidentes diarios de coche están archivados en carpetas de correo basura que nadie abre. «Auto» compara la accesibilidad de ambos archivos y te dice que el avión es peligrosísimo. Ignoras las estadísticas semanales de víctimas en carretera porque tu software prefiere la información que destaca y causa impacto visual.
El último atajo es el heurístico de anclaje y ajuste.
Cuando Mente S.A. se enfrenta a una cifra totalmente desconocida, «Auto» se asusta ante la ambigüedad.
Para solucionarlo, clava un número cualquiera en la pantalla —el ancla— y realiza su estimación final ajustándose a ese punto de partida.
Los profesores que escribieron el libro confiesan que usan este truco sin querer. Para calcular cuántos alumnos se matricularán este año, toman como ancla la cifra del año pasado y ajustan levemente hacia arriba o hacia abajo.
Este sesgo es una mina de oro para los estudios de opinión. Si te hacen una pregunta con una escala de respuesta de cero a veinte, tu mente buscará el punto medio y tenderá a dar una puntuación baja. Si la escala va de cero a cien, tu ajuste se moverá hacia un punto medio mucho más elevado. El tamaño del ancla inicial determina tu juicio final.
Si eres una cebra con altas capacidades que vive analizando cada escenario posible, asume que tu procesador abusa de estos atajos para no fundirse.
Tu ansiedad por el futuro no es una predicción matemática real. Es solo «Auto» pulsando el heurístico de simulación porque le divierte crear películas catastróficas en tu cabeza.
Glitches en el Servidor de Envíos | Errores en la cognición social
De esas películas catastróficas nacen los verdaderos fallos de programación de Mente S.A.
En nuestra auditoría, a estos fallos los llamamos errores si son equivocaciones puntuales.
Pero si son distorsiones sistemáticas que el software comete una y otra vez, los catalogamos como sesgos.
El primer gran error de nuestro sistema es el pensamiento mágico.
Ocurre cuando «Auto» realiza atribuciones de causalidad carentes de toda lógica y sin respaldo empírico.
Es la creencia absurda de que tus meros pensamientos pueden alterar físicamente el mundo real.
Para demostrar este fallo, Emily Pronin y su equipo diseñaron un experimento de vudú en 2006.
Pusieron a los participantes a clavar agujas en un muñeco que representaba a otro sujeto. La variable clave era el comportamiento de ese sujeto, que en realidad era un cómplice.
En una condición, el cómplice era detestable: llegaba tarde, mascaba chicle con la boca abierta y tiraba papeles al suelo.
En la otra, era encantador.
Durante la sesión de vudú, el cómplice fingía tener un fuerte dolor de cabeza.
¿El resultado? Los participantes que lidiaron con el cómplice maleducado sintieron una controlabilidad significativamente mayor sobre su dolor.
Creían que eran los responsables reales de su migraña.
El segundo error de cognición de Mente S.A. afecta a nuestro departamento de planificación emocional.
Lo llamamos pronóstico afectivo. Se trata de predecir cómo nos sentiremos en el futuro. «Auto» es un desastre absoluto realizando esta tarea.
Comete errores en cuatro dimensiones: la valencia de la emoción, la emoción específica que sentiremos, su intensidad y su duración.
A la tendencia sistemática a sobrestimar la intensidad y la duración de nuestras futuras emociones la llamamos sesgo de impacto.
Creemos que un despido o una ruptura nos destruirá para siempre, sobreestimando el daño real.
En 2019, Dorison estudió este sesgo con votantes de Hillary Clinton antes de la investidura de Donald Trump en 2017.
Les pidió que hicieran un pronóstico afectivo de cómo se sentirían tras el discurso de posesión. La media de afecto negativo esperado fue de 4.08 en una escala de cero a ocho. Sin embargo, tras ver el discurso real, su emoción negativa real fue de 3.07.
Anticiparon un apocalipsis emocional que nunca llegó. Esto ocurre porque siempre presupuestas más gasto de combustible emocional del que realmente consumes. Por si acaso.
El tercer fallo es el sesgo de proyección, teorizado por George Loewenstein en 2003. Ocurre cuando «Auto» utiliza las vivencias del presente para diseñar el futuro de la empresa. Copias y pegas el hoy en el mañana.
La escritora Julie Beck puso el ejemplo perfecto con la película Regreso al futuro II, rodada en 1989.
Los guionistas intentaron imaginar el año 2015.
Acertaron con las videoconferencias, pero proyectaron que seguiríamos usando cabinas telefónicas y máquinas de fax en pleno siglo veintiuno.
No pudieron evitar diseñar el futuro con los materiales que tenían sobre la mesa de su presente.
Este es el sesgo que te hace ir al supermercado con el estómago vacío y comprar comida para un ejército porque proyectas tu hambre actual en tu estado del martes de la semana que viene.
Por último, tenemos los errores de cálculo probabilístico: la falacia del jugador y la falacia de la mano caliente.
La falacia del jugador consiste en creer que los sucesos aleatorios del pasado alteran la probabilidad de los sucesos futuros.
Tversky y Kahneman explicaron en 1971 que esto se debe a nuestra fe ciega en la ley de los pequeños números.
Si lanzas una moneda y salen cinco caras seguidas, «Auto» te grita que la próxima será cruz obligatoriamente. Pero la moneda no tiene memoria. La probabilidad sigue siendo del cincuenta por ciento.
El reverso de esta moneda es la falacia de la mano caliente. Es la creencia de que si un empleado o un jugador lleva una racha de éxitos, tiene más probabilidades de seguir acertando en el siguiente intento.
Thomas Gilovich analizó en 1985 las estadísticas de tiro de los Philadelphia 76ers.
Descubrió que ocho de los nueve jugadores de la plantilla tenían menos probabilidades de anotar después de un acierto que después de un fallo.
Concretamente, un 51 % frente a un 54%.
El único que rompía la regla era el mítico Julius Erving.
La racha de aciertos no era más que una distribución aleatoria que nuestro cerebro, obsesionado con buscar patrones donde solo hay ruido solo para ahorrar energía, interpretó como una racha mística.
El Departamento de Planificación y el Archivo de Lamentos | Errores en la cognición social
Sigamos puliendo los fallos en nuestra auditoría de Mente S.A. El siguiente fallo de nuestro sistema afecta a la seguridad de los servidores.
Es la ilusión de control, un concepto que Ellen Langer definió en 1975.
Ocurre cuando «Auto» genera la expectativa de obtener un éxito personal en situaciones donde solo influye el azar. Tu software cree erróneamente que tu habilidad puede alterar el resultado del sorteo.
Langer lo demostró organizando una rifa de un dólar en dos oficinas de Long Island.
En una de ellas, los empleados elegían su boleto.
En la otra, el boleto les era asignado.
Días después, se les propuso revender su número.
Los empleados que habían elegido su boleto exigieron una media de 8.67 dólares por él. Los que no habían elegido se conformaron con 1.96 dólares.
«Auto» asume que, si tocas el paquete con tus propias manos, el azar se pondrá de tu parte.
Por eso pulsas más fuerte el botón del ascensor pensando que así llegará antes.
Para colmo de males, «Auto» tiene contratado a un empleado sumamente molesto y pelota.
Es el sesgo de confirmación, teorizado por Peter Wason en 1960.
En el Wall Street Journal compararon este sesgo con Uriah Heep, el personaje servil de Charles Dickens que solo sabe dar la razón a su jefe.
Este sesgo de confirmación busca, interpreta y recuerda únicamente lo que confirma tus prejuicios.
Si llega un paquete con información que contradice tus ideas, lo mandas directo a la trituradora.
Hoy en día, este error se ha externalizado.
Los algoritmos de redes sociales actúan como el Uriah Heep de tu cerebro.
Te sirven únicamente noticias que confirman tu visión del mundo.
Es el caldo de cultivo perfecto para las fake news.
Si tu software ya está condicionado, aceptarás el bulo más ridículo antes de consultar una fuente oficial que obligue a «Control» a trabajar en una plantilla nueva.
El siguiente departamento en quiebra es el de marketing, que sufre del fallo del optimismo no realista.
Neil Weinstein descubrió en 1980 que las personas creen que tienen más probabilidades de sufrir eventos positivos y menos de padecer eventos negativos en comparación con los demás.
Weinstein pidió a estudiantes de la universidad de Rutgers que evaluaran cuarenta y dos eventos futuros.
Dieciocho eran positivos y veinticuatro negativos.
Los resultados fueron un cachondeo.
Los eventos positivos obtuvieron una media de probabilidad del 15.4 % de ocurrirles a ellos por encima de la media.
Los negativos se hundieron en un -20.4%.
El evento positivo más votado fue «el trabajo de después de graduarme me gustará», con un 50.2%. El negativo menos probable según ellos fue «tener un problema con la bebida», con un -58.3%.
No sé si les habrán vuelto a preguntar…
El peligro de este optimismo no realista es que sabotea tu salud.
Weinstein también demostró en 1982 que este sesgo hace que bajes las defensas.
Como «Auto» asume que las enfermedades solo les ocurren a los otros, dejas de realizar conductas preventivas y empiezas a aceptar conductas de riesgo.
Pero el archivo más doloroso de Mente S.A. es el de lamentos.
Aquí guardamos el pensamiento contrafáctico, esa capacidad de simular escenarios alternativos para «deshacer» el pasado.
Este software, descrito por Kahneman y Tversky en 1982, deriva directamente del heurístico de simulación.
Presentaron a unos estudiantes la muerte de Mr. Jones en un accidente de tráfico provocado por un conductor borracho.
A un grupo le dijeron que Mr. Jones salía a su hora habitual.
Al otro que salía antes por un recado excepcional de su mujer.
Los que leyeron la versión del recado excepcional generaron hasta dieciséis propuestas de cómo se podría haber salvado si hubiera tomado su ruta habitual.
Los que leyeron que salía a su hora de siempre, solo generaron dos.
«Auto» tiene una facilidad tremenda para simular alternativas cuando el suceso se sale de la rutina.
Para entender el impacto emocional de este fallo, mira el estudio de Medvec de 1995 sobre los Juegos Olímpicos de Barcelona noventa y dos.
Analizaron las reacciones de los atletas al ganar medallas de plata y bronce. Los medallistas de bronce se mostraron mucho más alegres. Los de plata, en cambio, mucho más tristes
¿Por qué? Por la dirección del pensamiento contrafáctico.
El subcampeón realiza un contrafáctico al alza. Se compara con el oro. Estuvo tan cerca de la gloria que su mente solo simula el éxito que no fue.
El tercero, en cambio, realiza un contrafáctico a la baja.
Se compara con el cuarto clasificado, el que se quedó sin medalla y sin subir al podio.
Su mente simula la desgracia que evitó y por eso celebra el bronce.
Queda claro que la decepción no depende de tu logro real, sino de lo cerca que estuviste del éxito.
Este pensamiento contrafáctico explica también la falacia del primer impulso en los exámenes de opción múltiple, descrita por Krueger en 2005.
Los estudiantes creemos firmemente que la primera respuesta que marcas en el examen suele ser la correcta y que cambiarla es un error.
Mentira. Los estudios demuestran que cambiar de opción suele mejorar la nota.
Pero «Auto» se resiste al cambio por miedo al dolor contrafáctico.
Si cambias de respuesta y fallas, tu mente te torturará con un «podría haberla acertado si no hubiera tocado nada».
Si mantienes la primera y fallas, el lamento es menor porque no hiciste nada.
Para maquillar todos estos errores, el sistema utiliza el sesgo retrospectivo.
Baruch Fischhoff y Ruth Beyth lo estudiaron en 1972, justo antes de que Richard Nixon viajara a China y la Unión Soviética.
Pidieron a los participantes que estimaran las probabilidades de varios resultados diplomáticos.
Tras el viaje, les pidieron que recordaran qué probabilidad habían asignado originalmente.
Los sujetos exageraron sus predicciones iniciales.
Si un acuerdo difícil se producía, juraban que le habían asignado una probabilidad altísima desde el principio. Es el clásico «lo sabía» de tu cuñado. «Auto» reescribe los registros para que parezca que siempre tuvimos el control.
Y terminamos la auditoría con la joya de la corona de la incompetencia administrativa: la falacia de la planificación, acuñada por Tversky y Kahneman en 1979. Es la tendencia sistemática a infraestimar el tiempo que nos llevará realizar una tarea.
Ocurre porque adoptamos una perspectiva interna.
Nos enfocamos únicamente en los pasos de nuestro plan perfecto, ignorando las variables externas.
La solución es adoptar una perspectiva externa: mirar cuánto han tardado otros proyectos similares. Pero «Auto» siempre prefiere ignorar la historia.
Buehler lo demostró en 1994 con estudiantes que debían entregar su tesis de fin de grado.
En la condición optimista, estimaron tardar 27.4 días de media.
En el escenario pesimista, donde todo salía mal, calcularon 48.6 días.
¿La realidad? Tardaron una media de 55.5 días.
Superaron incluso su peor previsión.
Si eres un estudiante de la UNED que cree que se preparará la asignatura en un fin de semana, felicidades. Acabas de ser víctima de la falacia de la planificación.
El Termostato Emocional de la Oficina | Relación entre el afecto y la cognición
Antes de ir terminando, como director general de Mente S.A., tengo que darte una mala noticia.
De nada sirve tener el mejor software de automatización y a la supervisora más estricta si las tuberías de la calefacción están rotas.
En nuestra corporación cerebral, el afecto es el clima de la oficina.
Si los empleados trabajan a cuarenta grados o tiritando de frío, el rendimiento cambia por completo. Los sentimientos y los pensamientos se sabotean mutuamente.
Hablemos de cómo el clima emocional altera el software de procesamiento. John Mayer y David Hanson demostraron en 1995 que tu estado de ánimo actual dicta tus juicios sociales.
Si tu oficina mental está de buen humor, «Auto» procesará los paquetes con optimismo. Te parecerá que tus compañeros de reparto son profesionales brillantes.
Si sales enfadado de un examen, el clima se vuelve gélido. El mismo paquete de datos —por ejemplo, un correo de tu jefe pidiendo una reunión— se procesará como una amenaza de despido inminente.
Este sabotaje del clima en el almacén de memoria utiliza dos mecanismos con nombres muy parecidos.
El primero es la memoria dependiente del estado de ánimo. Este mecanismo ignora si el contenido del paquete es alegre o triste. Lo único que le importa es que el clima de almacenamiento coincida con el clima de recuperación.
Si guardaste un archivo en el servidor estando de un humor excelente, te será mucho más fácil encontrarlo cuando vuelvas a estar de buen humor.
Si archivaste algo durante la pandemia, con la oficina sumida en la ansiedad, ese recuerdo volverá a tu pantalla de forma automática en cuanto sufras una crisis de estrés similar.
El segundo mecanismo es el efecto de congruencia con el estado de ánimo, estudiado por Susan Fiske y Shelley Taylor en 1991.
Aquí el contenido del paquete sí es relevante.
Si tu clima actual es positivo, tu servidor activa un filtro que solo deja pasar y almacenar información positiva.
Si estás deprimido, «Auto» solo buscará y guardará información negativa.
Es un círculo vicioso. Cuanto más triste está la oficina, más archivos tristes recupera el sistema, haciendo imposible que el clima mejore.
El estado de ánimo también altera las herramientas de trabajo. Matthijs Baas descubrió en 2008 que el ánimo positivo dispara la creatividad porque activa una red más amplia de ideas y asociaciones.
Además, Park y Banaji confirmaron en el año 2000 que, cuando estás contento, «Auto» abusa todavía más de los heurísticos.
Como el clima es favorable, «Control» se confía, baja la guardia y deja que los atajos mentales lo decidan todo.
Joseph Forgas demostró en 2006 que esto afecta también a tus atribuciones. Si estás feliz, justificas hasta los errores de los demás.
Si estás deprimido, aplicas la regla de «todo lo malo me pasa a mí».
El mayor peligro de este flujo entre afecto y cognición es la contaminación mental.
Ward Edwards y Jane Bryan definieron en 1997 este proceso como la influencia inconsciente e incontrolable de la información emocional sobre nuestros juicios.
Diseñaron un experimento donde los participantes actuaban como jurados en un caso de asesinato.
A un grupo se le presentó la información con un tono altamente emocional. Los investigadores ordenaron explícitamente a la mitad del jurado que ignorara esa información afectiva para dictar sentencia.
Fue imposible.
El jurado que recibió la carga emocional impuso condenas mucho más severas, incluso cuando se les ordenó borrar ese archivo de sus mentes.
La emoción es un líquido corrosivo. Una vez que entra en el servidor, tiñe todos los datos y «Control» no puede hacer nada para limpiarlo.
Pero este flujo entre afecto y cognición también viaja en sentido contrario.
Tu software cognitivo puede alterar el clima de la oficina.
En 1964, Stanley Schachter propuso la teoría bifactorial de la emoción.
Esa que dice no basta solo un nivel de activación o arousal, sino que además es necesario un proceso que etiquete esa activación.
A veces, los servidores de Mente S.A. experimentan una activación fisiológica ambigua.
Te late el corazón rápido, te sudan las manos.
El hardware simplemente se está sobrecalentando.
Como la señal es confusa, «Control» mira hacia fuera, analiza la situación y le pone una etiqueta al fallo.
Si estás ante un examen, decide que esa activación es ansiedad.
Si estás en una cita, decide que es atracción.
La cognición es la responsable de etiquetar la energía física y crear con ello la emoción.
Además, «Auto» puede alterar el clima activando esquemas con una fuerte carga afectiva, como los estereotipos.
Si el sistema procesa a un individuo usando una plantilla asociada al peligro, la oficina se inundará de miedo de forma instantánea, antes de que «Control» pueda analizar al sujeto real.
Para mitigar estos incendios, tu cerebro utiliza tres mecanismos de regulación emocional.
El primero es la estrategia de creer que «nunca tuve la oportunidad», analizada por Tykocinski en 2001.
Para que la oficina no se hunda en el arrepentimiento tras un fracaso, «Auto» reescribe el pasado.
Te convence de que el éxito era matemáticamente imposible desde el principio.
Al eliminar la opción del éxito, el resultado negativo parece inevitable y el estrés disminuye.
El segundo método es caer en la tentación. Dianne Tice demostró en 2000 que cuando estás al borde del colapso por tristeza o angustia, «Control» toma una decisión estratégica.
Permite que realices actividades nocivas pero gratas a corto plazo, como devorar comida basura o procrastinar tirado en el sofá.
No es un fallo del sistema. Es una maniobra de emergencia para enfriar la CPU. Sacrificas la eficiencia futura a cambio de un alivio inmediato.
El tercer mecanismo es el sesgo en los pronósticos afectivos, estudiado por Elizabeth Dunn.
En sus investigaciones sobre el impacto de las catástrofes, descubrió que somos incapaces de calcular cómo nos afectarán las malas noticias.
Pusieron a dos grupos frente a la noticia de un incendio forestal.
El grupo de los «pronosticadores» debían estimar cómo se sentirían ante la tragedia, variando el número de víctimas entre cinco y diez mil.
Los pronosticadores mostraron una enorme sensibilidad a la cifra: a mayor número de muertos, más tristeza predecían.
Sin embargo, el grupo de los «experimentadores» —los que leyeron la noticia real— no mostró diferencias emocionales según el número de víctimas.
¿Por qué? Porque el dolor real se procesa mediante imágenes concretas e inmediatas.
Resumen de Auditoría | Cierre de Servidores de Mente S.A.
Se acabó por hoy.
Apaguemos las alarmas de los servidores.
La auditoría teórica de Mente S.A. ha terminado. Sé que tu procesador está echando humo tras asimilar tanta jerga técnica, por eso es necesario ordenar los archivadores antes de que «Control» fiche su salida por hoy.
Hemos destripado el funcionamiento de tu mente social.
Primero, confirmamos que «Auto» es el verdadero motor de la empresa, gestionando el procesamiento automático sin intención ni esfuerzo, mientras que «Control» vigila desde su torre de marfil con un coste energético altísimo.
Vimos cómo tus esquemas sociales actúan como plantillas de correo rígidas que sesgan tu atención, codificación y recuperación, llegando a infectar la realidad con el virus de la profecía autocumplida.
Luego auditamos los heurísticos. Esos atajos de teclado —representatividad, simulación, disponibilidad, anclaje— que «Auto» pulsa para ahorrar tiempo, aunque a veces corrompan tus decisiones.
Destapamos los peores errores del sistema: desde el pensamiento mágico y la ilusión de control, hasta el optimismo no realista y esa falacia de la planificación que te hace creer que tu tiempo es infinito.
Por último, comprobamos cómo el clima emocional de la oficina sabotea los datos a través de la memoria dependiente del estado de ánimo y la congruencia cognitiva.
La teoría pura está cerrada. Ahora que conocemos el hardware, es momento de bajar al sótano de la oficina para entender qué pasa cuando este sistema logístico opera en un cerebro con altas capacidades.
El Sótano de las Altas Capacidades | Cuando «Control» se niega a dimitir
Si estás escuchando esto y tienes altas capacidades, o si simplemente vives con la sospecha de que tu cabeza procesa el mundo en una frecuencia de radio que nadie más sintoniza, tengo que hacerte una confesión desde mi puesto temporal de director general de Mente S.A.
Tu servidor no es normal.
Eso lo sabes o al menos lo intuyes cuando te sientes un extraterrestre
No tienes el software estándar.
Tu cerebro es algo así como una supercomputadora cuántica refrigerada por nitrógeno líquido.
Suena muy bien en los folletos de autoayuda que hablan de «superpoderes». Pero la realidad cotidiana es una pesadilla.
El gran problema de tu sucursal de Mente S.A. no es que te falte potencia.
El problema es que tu supervisora, «Control», es una maníaca obsesiva del trabajo que se niega en redondo a delegar en «Auto».
En un cerebro neurotípico, «Auto» se encarga de archivar el noventa por ciento de los paquetes sociales.
Si el cajero del supermercado no les devuelve el saludo, su software automático aplica la plantilla rápida de «está cansado» y archiva el correo.
Fin del proceso. Consumo de energía: cero.
Pero en tu sistema, «Control» intercepta ese paquete en la aduana.
No confía en «Auto». Considera que tus esquemas sociales son demasiado imprecisos.
No se fía de los los heurísticos, porque sabe que acaben en sesgos.
Así que «Control» decide procesar esa mirada del cajero mediante procesamiento controlado.
Y aquí empieza tu calvario.
«Control» abre una investigación interna a las tres de la tarde.
Analiza la microexpresión del cajero.
Compara el tono de su «gracias» con el de la semana pasada.
Evalúa si tu forma de pagar con el móvil fue percibida como pretenciosa.
Esto es procesamiento controlado puro: consciente, deliberado, lento y con un consumo de recursos que te deja seco.
Al final de la tarde, has gastado la misma energía mental analizando una compra de leche y pan que un neurotípico diseñando un plan de pensiones.
Tu servidor está ardiendo porque has intentado procesar de forma manual un flujo de datos que estaba diseñado para ser automatizado.
Como «Control» no se apaga nunca, tus esquemas de personas y del yo están constantemente actualizándose.
No tienes plantillas sencillas.
Tus archivos son tan detallados, tienen tantas notas al pie y tantas excepciones, que a tu software le cuesta una eternidad cargarlos.
Cuando conoces a alguien, en lugar de aplicar un estereotipo rápido para salir del paso, «Control» intenta diseñar un mapa de personalidad único en tiempo real.
Es un esfuerzo noble, sí pero insostenible para el día a día.
Y luego está el servidor de lamentos. Tu pensamiento contrafáctico no es una herramienta ocasional para aprender de los errores.
Es un programa maligno que se ejecuta en bucle cada noche a las tres de la madrugada.
Como «Control» tiene guardados todos los registros de los últimos diez años en alta definición, se dedica a deshacer escenas del pasado sin parar.
Porque «Control» no duerme.
Para «Control» dormir significa dejar que «Auto» haga de las suyas
Así que simula cuarenta alternativas distintas a una frase que dijiste en una cena de trabajo en 2018. «Si hubiera respondido aquello», «si no me hubiera reído de ese comentario».
Realizas contrafácticos al alza de forma sistemática, comparando tu actuación real con una versión perfecta e idílica de ti mismo que solo existe en tu imaginación.
El resultado es una insatisfacción crónica y una ilusión de control patológica. Crees que si lo piensas con suficiente intensidad, podrás evitar que los paquetes se rompan en el futuro.
No tienes un Ferrari en la cabeza.
Tienes una central nuclear gestionada por una supervisora histérica que no duerme, que desconfía de los automatismos y que prefiere fundir los plomos del sistema antes que dejar pasar un solo paquete sin auditar.
Así que empieza a metértelo en la cabeza: tu fatiga no es flojera.
Tu agotamiento social no es antisocialidad.
Es simplemente el coste de procesar el mundo de forma manual.
Si quieres tratar de que Control descanse un poco dila que reflexione.
Que tome nota de cuántas veces has resuelto problemas en automático mientras ella estaba ocupada diseccionando perfiles o buscando esquemas.
Trata de dejarla claro que si deja que Auto haga su trabajo, al final estarás mucho más contento con el póster que has elegido sin que ella haya tenido nada que ver en el proceso.
Por muy fanático de Control que seas, debes reconocer que tus mayores logros se los debes a Auto.
Despedida
Y con esto, cerramos la auditoría por hoy.
Apaga los servidores.
Al final, mientras tu supervisora «Control» sigue obsesionada analizando si ese mensaje de texto llevaba un punto final pasivo-agresivo, tu tiempo se agota.
La batería de tu hardware tiene una fecha de caducidad innegociable.
Ese es el único dato real y objetivo de Mente S.A.
El apagón definitivo llegará.
A la tierra le importará bastante poco si procesaste de forma óptima la mirada de tu vecino en el ascensor.
Así que deja de quemar tus recursos en batallas que solo existen en tu memoria RAM.
Si quieres conocer más a fondo otras partes del manual de instrucciones de ese procesador defectuoso que te ha tocado en suerte, o si eres estudiante y quieres sobrevivir a la UNED antes de que se te pase la juventud entre apuntes infumables, da una vuelta por diariodeunacebra.com.
Allí tienes más material para ayudarte a entender tu propia locura.
O no vayas.
Haz lo que quieras. Al fin y al cabo, el servidor se va a apagar igual.
Nos vemos en el próximo capítulo. O no.
Gracias por tu compañía
















