Vives con el volumen al 11.

No estás rot@. Solo procesas la realidad en estéreo en un mundo configurado en mono.

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Tema 4 Las actitudes. El Juicio Final en el Cerebro de Paco (El caso de la freidora de aire)

Imagínate que dentro de tu cabeza hay un juzgado municipal de tercera categoría. El juez tiene manchas de café en la toga. El fiscal es un burócrata obsesivo llamado Coherencia. En el banquillo de los acusados está tu ego, sudando frío.

Hoy, el fiscal Coherencia ha presentado una demanda formal contra Paco.
El cargo es grave: inconsistencia conductual flagrante.
El cuerpo del delito es una freidora de aire de doscientos cincuenta euros que ahora mismo descansa en la cocina. Acumula polvo y sirve de soporte para los recibos de la luz que Paco no se atreve a abrir.

Paco compró ese trasto bajo la firme actitud de que se convertiría en un templo de la comida saludable. Tres meses después, el único uso real ha sido calentar croquetas congeladas de marca blanca.

La desconexión entre lo que Paco piensa de sí mismo y lo que Paco hace ha desatado un estado de tensión insoportable.
Un malestar que se define como disonancia cognitiva.
El cerebro de Paco no tolera ser el payaso de su propia historia.

La maquinaria judicial de su mente se ha puesto en marcha. La defensa tiene una misión desesperada: falsificar pruebas, manipular sus actitudes y convencer al jurado de que Paco no es un idiota que tira el dinero.
El juicio por la salud mental de Paco acaba de comenzar.
Las leyes que rigen esta sala son mucho más sucias y divertidas de lo que imaginas.

Tema 4 Las actitudes

Bienvenidos a Diario de una Cebra.
Hoy me toca ponerme la peluca de magistrado de tribunal corrupto para torear el tema de las actitudes.
¿Por qué este teatro? Porque al leer el manual de Psicología Social de la UNED tal cual, la atención tiende a fugarse a diseñar un sistema de alcantarillado para hormigas.

Hoy usaremos el desastre de Paco y su freidora de aire para destripar conceptos reales.
Veremos la valencia, la ambivalencia y la fuerza de las actitudes.
Analizaremos el efecto de mera exposición de Zajonc y el condicionamiento evaluativo.
Mediremos el autoengaño con el test de asociación implícita.
Estudiaremos el principio de compatibilidad de Ajzen y Fishbein, y cómo la Teoría de la Acción Planificada mete el Control Conductual Percibido para ver si Paco realmente controla sus impulsos.
Y, claro, veremos cómo la disonancia cognitiva de Festinger nos obliga a mentirnos para no sufrir.

Así que si estudias psicología, aquí tienes la jerga exacta para aprobar el examen. Si eres un adulto con alta capacidad, vas a entender por qué tu hardware cerebral gasta tanta energía justificando compras ridículas de madrugada.
Además seguro que lo de la disonancia cognitiva te resulta familiar.
Que empiece la sesión.

Tema 4 Las actitudes

El expediente de la freidora | Definición, estructura y la farsa de los valores de Schwartz

El fiscal Coherencia se acomoda las gafas de ver de cerca y abre el expediente de Paco. Ajusta el micrófono de la sala y carraspea. Su acusación se basa en que Paco tenía una actitud previa, sólida y documentada.

El fiscal sostiene que las actitudes son entidades estables almacenadas en la memoria a largo plazo.
Es el modelo MODE de Fazio.
Según esta teoría, cuando Paco ve una freidora de aire, se activa un vínculo asociativo inmediato con una evaluación global positiva: comprar esto es sinónimo de salud.

Pero la defensa de Paco se levanta de un salto.
¡Protesto, Señoría!
La defensa prefiere el modelo de Schwarz.
Las actitudes no son piedras talladas en el lóbulo temporal. Son construcciones temporales. Juicios evaluativos que tu cerebro fabrica sobre la marcha, con lo que tiene más a mano en ese instante.
Paco no ama las freidoras. Paco entró a Instagram a las dos de la madrugada, con el estómago vacío, y vio a un tipo con abdominales esculpidos cocinar un pollo crujiente en quince minutos.
Su actitud se construyó en la situación para complacer la fantasía del momento.

Para que el juez no se vuelva loco, la psicología aplica el enfoque intermedio de Eagly y Chaiken.
La actitud es una tendencia psicológica interna, pero se expresa en respuestas evaluativas temporales. Estas respuestas pueden ser cognitivas, afectivas o conductuales.

Hablemos de la valencia y la ambivalencia de Paco.
La valencia es simple: es la dirección de la aguja. ¿Positivo o negativo?
Al principio, la valencia de Paco hacia la freidora era puramente positiva.
Ese sesgo hizo que ignorara las reseñas que decían que el aparato es un trasto enorme y difícil de limpiar. Su cerebro solo procesó la información que confirmaba su valencia, ignorando el resto

Pero la realidad es que Paco padece una severa ambivalencia actitudinal.
Su mente es un campo de batalla de tres tipos de ambivalencia.
Primero, la ambivalencia cognitiva: Paco tiene creencias mixtas. Sabe que la freidora no usa aceite, pero también sabe que ocupa la mitad de su encimera y parece el casco de Darth Vader.
Segundo, la ambivalencia afectiva: siente amor por la promesa de estar delgado, pero odio ante la perspectiva de cenar pechuga de pollo seca.
Y tercero, la ambivalencia afectivo-cognitiva, el clásico conflicto entre el corazón y la mente.
A su estómago le apasionan las croquetas grasientas de la abuela, pero su intelecto sabe perfectamente que tienen más calorías que un bidón de gasolina.

¿Por qué esta actitud fue tan débil que acabó con el aparato criando polvo?
Por la fuerza de la actitud.
La fuerza de la actitud depende de la certeza y de la experiencia directa.
Paco nunca había usado una freidora de aire. Su actitud se basaba en información indirecta, en vídeos de desconocidos.
Las actitudes sin experiencia directa son débiles, se desmoronan al primer contratiempo.
Al tercer intento de limpiar la rejilla llena de grasa pegada, la actitud de Paco se evaporó.

El fiscal Coherencia intenta rematar a Paco confundiendo términos, pero nosotros no nos vamos a dejar engañar.
Hay que diferenciar la actitud de las creencias y los valores.

Las creencias, como explicaron Fishbein y Ajzen, son simples afirmaciones de probabilidad subjetiva. Son piezas de información.
La creencia de Paco es: la freidora cocina sin aceite. Las creencias sirven para explicar el mundo.

Los valores, según la taxonomía de Schwartz, son metas deseables que trascienden las situaciones concretas y guían nuestra vida. Son conceptos de orden superior.
Y el pobre Paco tiene un conflicto de valores de manual.
Por un lado, valora la seguridad y la salud.
Por otro, su valor dominante es el hedonismo, el puro placer y disfrutar de la vida. Los valores ocupan el centro de tu autoconcepto.

La actitud es el resumen de todo esto.
La actitud de Paco es la evaluación global que unifica sus creencias y sus valores para tomar una decisión: comprar el maldito trasto.
Las creencias explican, los valores guían, pero las actitudes sirven para elegir. Y Paco eligió mal.

Definición, estructura y la farsa de los valores de Schwartz

Los tres cómplices del crimen | Estructura de las actitudes y el truco del proceso latente

El fiscal vuelve a la carga y llama al estrado a tres sospechosos habituales.
Son los tres componentes de la actitud de Paco hacia la freidora.
El componente cognitivo, el componente afectivo y el componente conductual.

La defensa de Paco se frota las manos.
Ve una oportunidad de oro para tumbar el caso utilizando el clásico Modelo Tripartito de las actitudes de Rosenberg de 1960.

Señoría, miren a estos tres infelices, empieza el abogado defensor de Paco.
El componente cognitivo jura que la freidora es un invento excelente para la salud.
El componente afectivo confiesa que siente una mezcla de asco y pereza cada vez que ve el aparato en la encimera.
Y el componente conductual… bueno, el conductual solo ha metido croquetas congeladas a las tres de la mañana.
¡No hay consistencia entre ellos!
Rosenberg nos enseñó que para hablar de una actitud como entidad única, sus tres dimensiones deben mostrar coherencia.
Si el cerebro de Paco fuera un sistema ordenado, sus creencias, sus sentimientos y sus actos irían de la mano. Pero aquí cada uno va a su bola. Al no haber consistencia, no podemos decir que Paco tenga una actitud de compra irracional. Son factores totalmente independientes. No hay caso, Señoría.

La defensa se sienta con una sonrisa de suficiencia.
Pero el fiscal Coherencia no es ningún novato de oficio.
Muy tierno su intento de usar teorías de los años sesenta para salvar a su cliente, dice el fiscal.
Pero la psicología evolucionó.
Permítanme introducir el punto de vista del proceso latente de DeFleur y Westie, apuntalado por Eagly y Chaiken en 1993.

Señoría, el modelo tripartito tradicional es reflexivo.
Asume que un cambio en la actitud se refleja como un espejo en todos sus indicadores observables.
Pero el proceso latente nos dice que la actitud no se reduce a estos tres componentes.

Nos dice que son los procesos cognitivos, afectivos y conductuales los que causan la actitud, y no al revés.
El estímulo, que fue ver ese anuncio de Instagram de madrugada, despertó estos tres procesos en el cerebro de Paco.
Su mente procesó la información, se emocionó con la fantasía de los abdominales y recordó que una vez cocinó un pollo aceptable.
Juntos, estos procesos fabricaron una actitud latente de deseo hacia la freidora.

Una vez que esa actitud corrupta se instaló como variable latente, guio sus respuestas observables.
Paco sacó la tarjeta de crédito y compró el aparato.
El hecho de que ahora su componente conductual sea incoherente y solo caliente comida basura no borra el delito.
Solo demuestra que la actitud latente hizo su trabajo de forma impecable en su momento. Los tres componentes no son independientes. Son los que crearon al monstruo que ahora acumula polvo en la cocina.

Estructura de las actitudes y el truco del proceso latente

El alegato de la defensa | Las cinco funciones de las actitudes que salvan el pellejo de Paco

El fiscal Coherencia se sienta, convencido de haberle dado el golpe de gracia a Paco.
Es el turno de la defensa.
El abogado de Paco no niega que la freidora de aire sea un trasto inútil.
No niega que Paco haya mentido.
Va a demostrar que las mentiras de Paco no son un delito, sino un mecanismo de supervivencia biológica.

Señoría, miembros del jurado.
Es muy fácil acusar a mi cliente de hipócrita.
Pero la verdad es que sus actitudes, por muy absurdas que parezcan, cumplen funciones vitales.
Sin ellas, el cerebro de Paco se colapsaría en un bucle de parálisis por análisis.

Hablemos de la función de conocimiento, Señoría.
El mundo es un caos hostil.
Si Paco tuviera que evaluar cada estímulo desde cero, moriría de agotamiento antes de salir de la cama.
Las actitudes sirven como un marco de referencia. Un sistema de categorización que economiza tiempo y esfuerzo cognitivo.
Fazio y Powell demostraron esto en 1997 con estudiantes universitarios.
Aquellos que entraron a la facultad con actitudes ya formadas sobre lo que les gustaba y lo que no, tomaron decisiones más rápido y gozaron de mejor salud física y mental durante el curso.
Mi cliente compró la freidora porque necesitaba una etiqueta rápida: freidora igual a salud.
Su cerebro se ahorró el debate científico sobre la convección de aire caliente para proteger su propia salud mental.

Pero hay más. La defensa señala ahora a la esposa de Paco, que observa desde la primera fila con los brazos cruzados.

Pasemos a la función utilitaria o instrumental.
Según Hogg y Vaughan, para que una actitud cumpla esta función de maximizar recompensas y minimizar penalizaciones, debe ser altamente accesible.
Paco sabía perfectamente que si seguía pidiendo pizzas grasientas a domicilio, se enfrentaría a un severo castigo social en su propio hogar en forma de bronca monumental.
Su actitud positiva hacia la freidora de aire era una herramienta útil. Una vía rápida para obtener aprobación familiar y evitar el conflicto.

¿Y qué pasa con el amor propio de Paco? Aquí entra la función defensiva del ego. Reconocer que has tirado doscientos cincuenta euros a la basura duele.
Daña la autoestima.
Para evitar ese sufrimiento, el cerebro activa mecanismos de defensa.
Smith, Bruner y White describieron cómo externalizamos nuestros defectos.
Paco no dice que es un vago. Paco mantiene una actitud hostil hacia el fabricante porque las instrucciones vienen en un folleto minúsculo y poco claro.
Culpar al empedrado es una muleta psicológica para no asumir que el problema es su falta de constancia.

Además, Paco es un hombre con principios. O al menos, necesita creerlo.
Eso nos lleva a la función expresiva de valores. Las actitudes permiten proyectar quiénes somos.
Hornsey y su equipo confirmaron en 2018 que las actitudes que expresan valores profundos son las más resistentes al cambio.
Paco valora la modernidad y el progreso tecnológico. Tener ese aparato de diseño futurista en la cocina, aunque no lo use, expresa su valor de hombre del siglo XXI. Retirar la freidora sería como admitir que ha renunciado a sus ideales de progreso.

Y finalmente, la función de ajuste social.
Paco pertenece al grupo de WhatsApp de los vecinos deportistas de la urbanización. Un nido de víboras que desayunan batidos verdes y comparten fotos de sus entrenamientos.
Si Paco confiesa que prefiere las croquetas fritas de toda la vida, se enfrenta al ostracismo y al rechazo social.
La actitud favorable hacia la freidora le permite encajar. Le da un tema de conversación aceptable para mantener sus relaciones interpersonales y vestir como ellos.

Señorías, concluye el defensor, mi cliente no es un estafador.
Solo es un ser humano que usa sus actitudes para categorizar el mundo, evitar castigos, proteger su autoestima, expresar sus valores y no ser expulsado de su grupo de amigos.
¿Quién de ustedes libre de pecado no ha mantenido una actitud absurda solo para no sentirse un paria?

Las cinco funciones de las actitudes

El abogado defensor se sienta. El jurado murmura. El fiscal Coherencia muerde su bolígrafo, sabiendo que la defensa ha tocado una fibra sensible.

¿Quién educó a este sospechoso? | La formación de las actitudes

El juez golpea el mazo con desgana. Silencio en la sala.
Para entender cómo el ego de Paco ha llegado a cometer semejante crimen financiero y culinario, este tribunal debe investigar su historial de desarrollo cognitivo.
¿De dónde salieron sus filias por los electrodomésticos inútiles? ¿Cómo se formó esa actitud corrupta?

El fiscal Coherencia proyecta en la pantalla gigante el historial de navegación de Paco.

Señoría, el primer cargo es por adoctrinamiento pasivo.
Mi cliente es una víctima del efecto de mera exposición de Robert Zajonc.
El acusado vio el anuncio de la freidora de aire una vez y no le importó.
Lo vio cinco veces y le resultó familiar.
Lo vio veinticinco veces en su muro de Facebook y, de repente, le encantaba. Zajonc demostró que las preferencias no necesitan inferencias.
Tu cerebro es un vago estructural. Asocia lo familiar con lo seguro y lo positivo automáticamente

La defensa intenta buscar un vacío legal en la teoría de Zajonc.

¡Un momento! interrumpe el abogado defensor.
La mera exposición tiene límites y el fiscal los oculta.
Si a Paco el aparato le hubiera parecido horroroso desde el primer segundo, ver el anuncio repetidamente solo habría multiplicado su odio.
Además, la relación es curvilínea. Tiene forma de U invertida.
Tras cincuenta exposiciones al mismo anuncio con música motivacional, el cerebro de Paco se saturó.
El amor se convirtió en hastío.
Mi cliente no compró por amor, compró por puro desgaste mental.

El juez anota algo en su libreta y ordena pasar al siguiente testigo: el aprendizaje asociativo.

El fiscal sonríe con malicia. Llama al estrado al fantasma de Pavlov y a sus perros salivando.

Señoría, el cerebro de Paco ha sido condicionado como un can de laboratorio, afirma el fiscal.
El condicionamiento clásico o evaluativo es el culpable de que Paco asocie la freidora con la felicidad.
Es la técnica del almuerzo de Gregory Razran de 1954
Razran demostró que si emparejas eslóganes políticos con comida gratis, la gente los valora mejor que si los expones a olores pestilentes.
Los publicistas lo saben. Paco no vio la freidora sola.
La vio al lado de un chuletón humeante y una copa de vino.
Su cerebro asoció el aparato, que es el estímulo condicionado, con el placer de comer bien, que es el estímulo incondicionado.
El resultado es una respuesta condicionada de salivación cada vez que ve el logotipo de la marca.

La defensa protesta. ¡Eso requiere que Paco fuera consciente del truco! Mi cliente no es tan manipulable.

¿Ah, no?, replica el fiscal. Hablemos del condicionamiento subliminal entonces.
Krosnick y su equipo demostraron en 1992 que basta con proyectar imágenes de gatitos o de tiburones ensangrentados durante apenas trece milisegundos antes de mostrar la foto de una persona para que los sujetos la evalúen como encantadora o como un peligro público.
Sin enterarse de nada.
Olson y Fazio hicieron lo mismo en 2001 asociando personajes de Pokémon con palabras positivas como excelente o imágenes de helado de chocolate.
Paco es un títere de sus asociaciones inconscientes.
Su actitud se formó de manera implícita, sin que su corteza prefrontal tuviera voz ni voto.

El fiscal toma aire y saca una carpeta azul. El expediente de la infancia de Paco.

Pero no todo es publicidad subliminal.
El condicionamiento instrumental u operante también reclama su parte de culpa. En 1995, Noel, Wann y Branscombe estudiaron a estudiantes que querían entrar en hermandades universitarias.
Descubrieron que los candidatos destrozaban la reputación de las hermandades rivales solo cuando sabían que los líderes de su grupo iban a enterarse de sus respuestas.
¿Por qué?
Por la recompensa social.
Paco lleva toda la vida modulando sus actitudes para recibir palmaditas en la espalda.
Expresaba una actitud positiva hacia la comida sana porque su madre le sonreía, y ahora lo hace para que su esposa no lo mire como a un mamífero en decadencia. Su actitud es un mercenario que busca el aplauso y huye del castigo.

La defensa se levanta, indignada por la humillación de su cliente.

La formación de las actitudes

Señoría, si Paco imita conductas, es por su motivo social de pertenencia.
Es el modelado de Albert Bandura de 1977.
Aprendemos observando a nuestros grupos de referencia.
Terry y Hogg demostraron en 1996 que la gente se echa crema solar no por salud, sino si su grupo social lo aprueba.
Fleming y Petty demostraron en el año 2000 que si presentas un snack genérico como el aperitivo favorito de los hombres, los sujetos que se identifican fuertemente con su género lo compran en masa sin preguntar de qué está hecho.
Paco vio a los hombres de éxito de su entorno comprar freidoras de aire.
Su cerebro imitó la actitud para no sentirse un neandertal fuera de la tribu.

El abogado defensor mira a Paco, que sigue encogido en su silla.

Y si quieren la prueba definitiva de que mi cliente es inocente de toda planificación maliciosa, miren la teoría de la autopercepción de Daryl Bem de 1972 .
Bem nos enseñó que a veces no tenemos ni idea de cuáles son nuestras actitudes. Así que hacemos algo ridículo: miramos nuestra propia conducta pasada para adivinar qué pensamos.
Paco vio que el año pasado compró tres libros de recetas saludables que no ha abierto.
Su cerebro analizó ese dato y concluyó: vaya, he comprado libros de cocina, por lo tanto, debo ser un tipo al que le encanta la comida sana.
¡Se autoengañó observándose a sí mismo!
Compró la freidora para ser coherente con una identidad que su propio cerebro se inventó al mirar sus compras anteriores.

El juez bosteza, visiblemente cansado de tanta teoría del aprendizaje.
La reconstrucción del pasado de Paco ha dejado claro que su mente es un vertedero de anuncios repetidos, condicionamientos de Pavlov, presiones de grupo y deducciones absurdas sobre su propia conducta.
Pero el veredicto final depende de una última pregunta: ¿realmente estas actitudes tienen el poder de predecir lo que Paco hará mañana, o todo este juicio es una pérdida de tiempo?

Las pruebas ocultas de la fiscalía | Actitudes implícitas, explícitas y la traición del subconsciente

El fiscal se pone en pie. Camina hacia el estrado con una sonrisa de tiburón corporativo. Mira a Paco, que intenta parecer un ciudadano ejemplar que adora el apio y el tofu.

Señoría, el acusado miente, brama el fiscal.
Paco ha presentado un autoinforme de consumo donde jura que su actitud hacia las verduras al vapor es de un cinco sobre cinco en la escala Likert.
Pero ese documento es papel mojado.
Está totalmente contaminado por el sesgo de deseabilidad social. Paco solo quiere quedar bien ante su esposa, ante su médico de cabecera y ante el grupo de WhatsApp de la urbanización.
Para esquivar esta farsa, la fiscalía ha tenido que recurrir a las medidas indirectas de las actitudes. Pruebas que su ego no puede manipular.

El fiscal saca un maletín negro y extrae varios informes.

Empecemos por el registro fisiológico de mi cliente.
El trimestre pasado, mientras Paco juraba amor eterno a las ensaladas, monitorizamos sus constantes.
Cada vez que pasaba por delante de una pizzería, su resistencia eléctrica de la piel caía en picado.
Su frecuencia cardíaca se disparaba.
Sus pupilas se dilataban como las de un gato de dibujos animados ante un plato de leche.
sus niveles de cortisol en saliva, la hormona del estrés que Trawalter analizó en sus estudios, se elevaban notablemente.
Su cuerpo no registraba una situación neutral; registraba la tensión de la tentación. Paco puede engañar a su mujer, pero no puede convencer a su sistema nervioso autónomo de que la pizza de cuatro quesos le resulta indiferente.

La defensa de Paco intenta protestar, pero el fiscal saca su artillería pesada: la neurociencia cognitiva.

Si las reacciones físicas les parecen poco, hablemos de su actividad cerebral. Sometimos a Paco a un electroencefalograma para medir sus potenciales relacionados a eventos, los famosos PRE.
Siguiendo el diseño experimental de Cacioppo y Crites, le mostramos imágenes de platos saludables y de comida basura.
¿El resultado?
Cuando aparecía un plato de acelgas hervidas, la amplitud de su potencial positivo tardío, el LPP, mostraba una mayor magnitud.
Esa firma neural es automática y se mantiene incluso cuando el sujeto intenta mentir.
Aunque Paco tuviera instrucciones explícitas de presionar el botón de «me gusta» ante la acelga, su LPP es un salvaje que no sabe fingir: delata que aquel objeto de actitud no le gusta.
Su corteza prefrontal puede ser muy educada, pero su cerebro no puede ocultar la discrepancia.

Pero la prueba reina de este caso es el Test de Asociación Implícita, el IAT de Greenwald de 1998.

Sometimos a Paco a esta tarea informatizada de rendimiento para medir la fuerza de sus asociaciones mentales.
En la fase congruente, Paco tenía que pulsar la tecla derecha si aparecía la palabra tocino o un adjetivo positivo, y la tecla izquierda si aparecía apio o un adjetivo negativo.
Su tiempo de reacción fue de apenas doce milisegundos. Una velocidad sobrehumana. Su cerebro asocia el tocino con la felicidad de forma instantánea.

Sin embargo, en la fase incongruente, cuando invertimos las teclas y le obligamos a emparejar apio con positivo y tocino con negativo, Paco sufrió un colapso cognitivo.
Se quedó paralizado frente a la pantalla.
Sus latencias de respuesta se multiplicaron por diez. Su cerebro tuvo que realizar un esfuerzo consciente descomunal para asociar el tocino con algo malo. La diferencia de milisegundos entre ambas fases es la prueba matemática de su prejuicio implícito a favor de la grasa.

¿Por qué ocurre esto? Las actitudes implícitas y las explícitas difieren en su origen, como demostró Rudman en 2007.
Las actitudes implícitas de Paco están profundamente arraigadas en sus experiencias infantiles. En los veranos con su abuela friendo croquetas y dándole pan con chocolate. Esas asociaciones son lentas de cambiar y gobiernan sus comportamientos espontáneos, como el lenguaje corporal que le hace salivar ante un escaparate.
Las actitudes explícitas, en cambio, se basan en experiencias adultas recientes. En la lógica, en los datos científicos del colesterol y en la presión social. Cambian rápido, sí, pero solo sirven para la toma planificada de decisiones.

Paco planificó la compra de la freidora con su actitud explícita de adulto responsable. Pero en el día a día, cuando llega cansado del trabajo y actúa de forma espontánea, es su actitud implícita de niño mimado la que toma el control de la cocina.
El IAT no miente, Señoría. Paco es, ha sido y será siempre un amante del tocino. Solicito la culpabilidad inmediata del acusado.

Actitudes implícitas, explícitas y la traición del subconsciente

El veredicto de la conducta | La farsa de la compatibilidad y el mito del control planificado

Señoría, el ego de Paco sostiene la actitud de que el ejercicio físico es el pilar de su existencia.
Pero su conducta real consiste en ver series tumbado en el sofá mientras se come un bote de helado con la cuchara de servir. ¿Cómo explica la defensa esta estafa?

Durante décadas, la psicología creyó que las actitudes predecían la conducta.
Que tener una actitud proambiental favorece el reciclaje, que un buen grado de satisfacción laboral influye en la productividad o que los prejuicios de género son responsables de la brecha salarial entre hombres y mujeres.
Parece de sentido común, pero ya hemos visto que en Psicología Social el sentido común no sirve.
En 1969, Allan Wicke demostró que la correlación entre lo que dices que piensas y lo que haces es de solo 0.3.
Eso significa que tu actitud solo explica el nueve por ciento de tu conducta real.
El otro noventa y uno por ciento son factores del entorno, pereza o pura aleatoriedad. Stephen Kraus, en 1995, elevó la correlación a 0.38 en un metaanálisis.
Sigue siendo una miseria. Tu cerebro es un experto en declarar intenciones que jamás ejecuta.
Pero no se trata de que no las midan bien, sino de cuando podemos utilizar las actitudes para medir la conducta.

Por eso la defensa de Paco se levanta con una sonrisa de superioridad.

¡Protesto, Señoría! El fiscal mide mal las actitudes de mi cliente. Es el Principio de Compatibilidad de Ajzen y Fishbein de 1980.
No puedes predecir si Paco va a salir a correr mañana a las siete de la mañana bajo la lluvia preguntándole si está a favor de una vida saludable. Eso es una actitud general.
Para predecir una conducta específica, debes medir la actitud con el mismo nivel de especificidad en cuatro elementos: acción, objetivo, contexto y tiempo.

La defensa saca entonces el estudio de Davidson y Jaccard de 1976.
Preguntaron a mujeres por su actitud hacia el control de la natalidad y la correlación con su conducta real fue de 0.08. O sea nada.
Pero cuando les preguntaron por su actitud específica hacia el uso de píldoras anticonceptivas durante los próximos dos años, la correlación subió a 0.57.
Si quieres predecir si Paco usará su freidora de aire este domingo para cenar verdura, no le preguntes si quiere comer sano. Pregúntale si tiene la actitud de lavar la rejilla de metal a las diez de la noche. Ahí la correlación no falla.

Pero el fiscal no se rinde.

De acuerdo, hablemos de sus conductas espontáneas. ¿Por qué Paco devora una pizza entera cuando pasa por la cocina a medianoche?

Es el modelo de Fazio de 2007. Las conductas espontáneas no se planifican. Se rigen por la accesibilidad de la actitud. La fuerza de la asociación entre el objeto y su evaluación. Paco ve la pizza y la actitud positiva se activa en su memoria de forma inmediata. Su latencia de respuesta es cero. No hay tiempo para deliberar. Y esa accesibilidad se ha forjado mediante la experiencia directa. Paco ha comido miles de pizzas. Su actitud es sólida como una roca.
La verdura, en cambio, es un concepto abstracto basado en consejos de su médico. Sin experiencia directa, la actitud es inaccesible en momentos de debilidad. El comportamiento espontáneo siempre favorecerá a la pizza.

¿Y qué pasa con las conductas planificadas? Como ese intento patético de Paco de apuntarse al gimnasio el mes pasado.

Aquí entra la Teoría de la Acción Planificada de Ajzen de 1991. La TAP. Para que Paco cruce la puerta del gimnasio, primero debe formarse una intención conductual sólida.
Y esa intención depende de tres factores matemáticos que el cerebro de Paco calcula de forma chapucera.

La farsa de la compatibilidad y el mito del control planificado

El primer factor es la actitud hacia la conducta.
Se calcula multiplicando sus creencias conductuales por la evaluación de sus consecuencias. La fórmula es la suma de cada creencia por su evaluación.
Paco cree que el gimnasio le hará sudar y oler a vestuario rancio. Su evaluación de sudar es extremadamente negativa. Así que su actitud hacia la conducta de ir a entrenar es pésima.

El segundo factor es la norma subjetiva. La presión social percibida.
Se calcula sumando sus creencias normativas por su motivación para acomodarse a ellas. Paco sabe que sus amigos deportistas creen que debería entrenar. Pero su motivación para complacer a esos pesados es nula. Prefiere que le dejen en paz. La norma subjetiva entonces no empuja su intención.

El tercer factor, el más importante de la TAP, es el Control Conductual Percibido. El CCP. La facilidad o dificultad que Paco percibe para realizar la conducta.
Se calcula multiplicando sus creencias de control por su poder percibido.
El CCP tiene una deuda directa con la autoeficacia de Albert Bandura. Paco cree que no tiene tiempo por el trabajo. Siente que carece de la energía física necesaria. Su CCP es negativo. Como el CCP de Paco es bajo, su intención conductual muere antes de nacer.

El CCP influye en la conducta de dos formas. Una indirecta, matando la intención. Y otra directa.
Si Paco no tiene el control real del tiempo porque trabaja doce horas al día, el CCP bajo refleja la realidad y la conducta de ir al gimnasio es físicamente imposible.

Paco no es un criminal, Señoría. Es un organismo regido por leyes psicológicas perfectas. Su actitud general hacia el fitness es un adorno. Sus conductas espontáneas las domina la accesibilidad de la pizza. Y sus conductas planificadas están bloqueadas por un Control Conductual Percibido que roza el subsuelo. El acusado es inocente por incapacidad cognitiva.

El juez golpea el mazo. El tribunal guarda silencio. La defensa ha usado la matemática de la psicología social para justificar la vagancia de Paco.
Pero el fiscal Coherencia se guarda una última carta. Una que obligará a Paco a sufrir el peor de los castigos: la necesidad de explicarse a sí mismo por qué sigue siendo un hipócrita.

La sentencia de los trabajos forzados | La influencia de la conducta en las actitudes

El juez golpea el mazo tres veces. El veredicto es inapelable. Paco es declarado culpable de incoherencia flagrante en primer grado.

Pero en este juzgado mental no hay cárceles de hormigón. La condena es mucho peor.
El juez condena a Paco a trabajos forzados de autojustificación.
Su cerebro tiene prohibido dormir en paz hasta que consiga falsificar las pruebas y convencerse de que comprar ese trasto de 250 euros fue la decisión más brillante de su vida.

Paco acaba de entrar en el territorio de la disonancia cognitiva. Para que los que tenéis el cerebro cableado de manera diferente os hagáis una idea muy clara: eso que os ocurre cuando esa idea de justicio que está en vuestra mente, choca de frente con la realidad que os ha tocado vivir.
Leon Festinger definió este fenómeno en 1957 como ese estado psicológico insoportable que ocurre cuando te das cuenta de que tus ideas y tus actos se escupen a la cara.
No es solo un concepto abstracto para subrayar el manual. Es dolor físico.
Las investigaciones de Harmon-Jones en 2008 demostraron que la disonancia provoca una elevación de la activación cortical frontal izquierda en tu cerebro.
Es una alarma biológica idéntica al hambre o a la sed. Tu hardware no tolera la estupidez propia. Exige restaurar la consistencia psicológica.
Y para lograrlo, Paco va a mentirse como un bellaco.

Para que Paco experimente esta tortura y empiece a deformar la realidad, se tienen que cumplir las cuatro condiciones que Cooper y Fazio establecieron en 1984. Esto te viene bien si quieres entender por qué te justificas cuando te saltas la dieta.

Primero, Paco tiene que darse cuenta de que su conducta tiene consecuencias negativas. Ver 250 euros menos en la cuenta corriente por un aparato que solo sirve para calentar croquetas congeladas se califica como desastre financiero doméstico.

Segundo, Paco debe sentirse responsable de la acción.
Nadie le puso una pistola en la sien para comprarla. Entró a la web de forma voluntaria. Eligió el color negro mate libremente. Si su mujer se la hubiera comprado por sorpresa, no habría disonancia. Le echaría la culpa a ella y dormiría como un bebé. Pero la culpa es suya.

Tercero, Paco experimenta una activación fisiológica real. Siente un nudo en el estómago y una sudoración fría cada vez que entra a la cocina y ve el aparato.

Y cuarto, Paco debe atribuir esa tensión a su conducta.
Sabe perfectamente que el nudo en el estómago no es por el café de la mañana, sino por haber sido el tonto útil del algoritmo de Instagram.

¿Cómo soluciona Paco esta angustia?
Cambiar la conducta ya no es una opción. No puede devolver el aparato porque tiró la caja original a la basura el primer día.
Así que su única salida es cambiar sus actitudes y sus creencias.
Su cerebro se convierte en un bufete de abogados corrupto que saca a relucir cuatro precedentes históricos de la psicología social.

El primer precedente es el clásico experimento de Festinger y Carlsmith de 1959.
La mentira de los carretes de hilo.
Pusieron a unos sujetos a hacer una tarea insufriblemente aburrida durante una hora. Luego, les pagaron a unos un dólar y a otros veinte dólares por mentir al siguiente participante y decirle que la tarea era divertidísima.
Los que cobraron veinte dólares no tuvieron disonancia. Tenían una justificación externa enorme: mentir por dinero es un negocio comprensible. Siguieron pensando que la tarea era un soberano aburrimiento.
Pero los que cobraron solo un dólar sufrieron una disonancia brutal. Mentir a un desconocido por una miseria te convierte en una mala persona y en un idiota.
Para salvar su ego, el cerebro de estos sujetos cambió su actitud real. Se convencieron a sí mismos de que la tarea de girar carretes era realmente interesante. Es el efecto menos lleva a más.
Cuanto menor sea la recompensa externa por una conducta incoherente, mayor será el cambio de actitud interno para justificarla.
Paco no tiene ninguna recompensa externa por tener ese trasto en la cocina. Nadie le paga por usarlo. Así que su cerebro tiene que convencerse gratis de que la freidora es una maravilla de la ingeniería moderna.

El segundo precedente es la disonancia postdecisional, estudiada por Jack Brehm en 1956.
Brehm hizo que un grupo de mujeres evaluara varios electrodomésticos, como tostadoras y cafeteras. Luego les dio a elegir uno para llevárselo a casa. Cuando la elección era difícil, entre dos aparatos que les gustaban por igual, las mujeres redujeron la disonancia aumentando drásticamente la valoración del aparato elegido y destruyendo la reputación del rechazado.
Es la fábula de la zorra y las uvas de Esopo. Como la zorra no llega a las uvas, decide que están verdes para no sentirse una inútil.
Paco estuvo dudando entre la freidora de aire y un microondas de alta gama. Ahora que ha elegido la freidora, su cerebro ha empezado a buscar información sobre lo peligrosas que son las ondas del microondas y lo crujiente y sano que queda todo en su nuevo juguete.
El microondas rechazado es ahora basura radiactiva; la freidora elegida es el santo grial de la cocina.

El tercer precedente que Paco utiliza para salvar su dignidad es la justificación del esfuerzo, documentada por Aronson y Mills en 1959.
Sometieron a unas estudiantes a una iniciación severa y humillante, obligándolas a leer palabras de contenido sexual explícito ante un examinador, solo para poder entrar a un grupo de discusión sobre psicología sexual.
El grupo resultó ser una grabación monótona y aburrida sobre la respiración de los insectos.
Las que no pasaron por esa tortura dijeron la verdad: que el grupo era un tostón.
Pero las que sufrieron la iniciación severa valoraron la charla como una experiencia fascinante llena de matices.
Tu cerebro no tolera haber sufrido por nada. Si sufres por algo, ese algo tiene que ser valioso, así que te convences de que lo es.
Paco pasó tres semanas leyendo foros de cocina, comparando potencias en vatios y discutiendo con cuñados en Twitter sobre el flujo de aire caliente. Invirtió demasiado tiempo y esfuerzo en elegir ese modelo concreto. Admitir ahora que es un pisapapeles gigante sería admitir que su esfuerzo fue en vano. Así que su mente decreta que la freidora es extraordinaria simplemente porque le costó mucho trabajo conseguirla.

El último precedente es el de la justificación de la falta de actuación, el experimento del juguete prohibido de Aronson y Carlsmith de 1963.
Amenazaron a unos niños con castigos leves o severos si jugaban con un juguete muy atractivo. Ninguno jugó.
Pero cuando volvieron a evaluar los juguetes, los niños amenazados con un castigo leve cambiaron su actitud y decidieron que el juguete ya no les gustaba tanto.
No tenían una justificación externa fuerte para no jugar, así que su mente autogeneró una justificación interna: el juguete es aburrido.
Los niños amenazados con un castigo severo seguían deseando el juguete con locura, porque tenían una excusa externa perfecta para no tocarlo: el miedo a la bronca.
Si el médico de Paco le hubiera prohibido las patatas fritas bajo amenaza de muerte inminente por infarto, Paco desearía las patatas tradicionales cada segundo de su existencia.
Pero como la recomendación del médico fue leve, un simple consejo de rutina sobre el colesterol, Paco no tiene una justificación externa gigante.
Así que su cerebro tiene que convencerse internamente de que las patatas fritas tradicionales son una aberración grasienta del pasado y que las patatas secas de la freidora de aire son el verdadero manjar de los dioses.

Paco ha completado sus trabajos forzados. Su cerebro ha alterado sus recuerdos, ha revaluado sus opciones, ha magnificado su esfuerzo y ha demonizado las alternativas. La disonancia cognitiva ha hecho su magia sucia.
Paco entra a la cocina, mira el casco de Darth Vader que le costó 250 euros, sonríe con una satisfacción artificial y se prepara unas croquetas de marca blanca, convencido de que está alcanzando el nirvana de la salud.
Su ego está a salvo. Su cuenta bancaria, no.
Pero en este juzgado mental, la verdad es el precio más barato para mantener la ilusión de que tenemos el control.

La influencia de la conducta en las actitudes

El acta del juicio | Recapitulación para cerebros cansados

Me quito la peluca de magistrado por un momento.
Es hora de recopilar el botín teórico de este episodio antes de acabar.
¿Qué he querido demostrarte hoy con este tribunal corrupto que tienes instalado en la cabeza?

Que una actitud no es una conducta. Es un constructo latente.
Todo el desastre de Paco empezó con una valencia positiva hacia la freidora, inflada por el efecto de mera exposición de Zajonc. Ese bombardeo constante de anuncios que te resulta familiar y te acaba gustando sin que tu cerebro procese un solo dato real. Una actitud consolidada por el condicionamiento evaluativo, que asocia de forma subliminal un trasto inútil con la promesa de la felicidad.

Paco intentó maquillar su actitud explícita en los autoinformes para complacer a su entorno. Pero el Test de Asociación Implícita, el famoso IAT, destapó sus latencias de respuesta reales. Su subconsciente sigue prefiriendo la grasa.

Para predecir lo que vas a hacer, la psicología te exige aplicar el principio de compatibilidad de Ajzen y Fishbein. Hay que medir con precisión de cirujano: acción, objetivo, contexto y tiempo.
Y si intentas planificar tu vida, la Teoría de la Acción Planificada te advierte de que tu intención es papel mojado si no tienes un Control Conductual Percibido sólido. Si tu CCP es bajo, tu conducta se descarrila antes de empezar.

Y si todo falla, aparece Festinger con la disonancia cognitiva. Ese nudo real en el estómago que te obliga a devaluar lo que rechazas, a justificar el esfuerzo absurdo y a mentirte por un solo dólar para no admitir que has vuelto a meter la pata.

La teoría del examen está cerrada. Pero ahora, déjame bajar del estrado. Apaguemos las luces de la sala. Es momento de hablar de ti, de mí, y de lo que ocurre cuando este hardware cerebral hiperactivo no solo se autoengaña, sino que lo hace con una intensidad que amenaza con quemar el motor.

El acta del juicio | Recapitulación para cerebros cansados

El Tribunal Supremo de la Autocomplicación | Las Altas Capacidades en el banquillo

Si te has visto reflejado en las triquiñuelas de Paco para salvar su dignidad por una freidora, prepárate.
Si tienes un cerebro con alta capacidad, tu juzgado interno no es una oficina municipal de tercera categoría con manchas de café. No. Tú tienes instalado el Tribunal Supremo de la Autocomplicación. Un circo de tres pistas con magistrados de Oxford, fiscales con doctorados en sofismo y un servicio de taquigrafía que trabaja a triple turno.

En tu cabeza, el juicio por inconsistencia conductual no es un trámite. Es un drama de Shakespeare reescrito por guionistas de series de abogados corruptos.

Pero hablemos de tu disonancia cognitiva. Cuando tú experimentas esa tensión de Festinger por no hacer lo que se supone que debes hacer, tu cerebro no se conforma con una mentira barata.
Si Paco no usa la freidora, dice que no tiene tiempo y se queda tan ancho.
Pero si tú te compras un teclado mecánico de luces de ciento ochenta euros y a los tres días vuelves a escribir en el portátil, tu disonancia cognitiva no se resuelve con un simple es que estaba de oferta. Eso sería insultar tu inteligencia.

Tu defensa es aristocrática, barroca, casi una obra de arte de la geopolítica. Tu cerebro redacta un manifiesto mental donde demuestra que tu inacción es, en realidad, un acto de resistencia pacífica contra el monopolio tecnológico asiático. No es que seas un vago que ha dejado el teclado en un cajón. Es que estás boicoteando de forma activa la obsolescencia programada y el consumo de coltán en el Congo.
Tu disonancia cognitiva es tan sofisticada que eres capaz de culpar al cambio climático para no admitir que te encaprichaste de un trasto ruidoso.

¿Y el efecto de mera exposición de Robert Zajonc? En tu caso, este sesgo es una humillación consciente.
Una persona promedio ve el anuncio de un gadget veinte veces y acaba comprándolo porque le resulta familiar. Su cerebro cae en el atajo sin enterarse.
Tú no. Tú eres plenamente consciente de la valencia de tu actitud. Detectas el sesgo. Analizas la dirección de tu aguja evaluativa. Te ríes del intento del algoritmo de Instagram por colarte ese termo inteligente que mide la temperatura del agua en grados Kelvin. Diseccionas la campaña de marketing, identificas el condicionamiento clásico que intenta asociar el termo con una vida de éxito… y luego vas y lo compras.

Tu ego cae en la trampa de Zajonc con los ojos abiertos, mientras tu fiscal interno se echa las manos a la cabeza al ver que toda tu capacidad de análisis no te ha servido para esquivar un truco publicitario de 1968.

Pero donde tu Tribunal Supremo se vuelve un absoluto manicomio es al aplicar la Teoría de la Acción Planificada de Ajzen.

Tu actitud hacia la conducta de, por ejemplo, ordenar tu habitación o actualizar tu currículum es impecable.
Sabes que es útil.
Tu norma subjetiva está completamente distorsionada.
No te importa lo que piensen tus padres o tus amigos reales. Tu norma subjetiva se mide contra un grupo de referencia abstracto e idealizado. Te comparas con mentes brillantes del siglo diecinueve o con polímatas del Renacimiento. Sientes que ese comité invisible te juzga con lupa, lo que eleva tu presión social percibida a niveles insoportables.

Y entonces llega el verdadero asesino de tu intención conductual: el Control Conductual Percibido. El CCP.

En una mente promedio, el CCP calcula dos o tres obstáculos mundanos: no tengo tiempo, estoy cansado o no sé dónde está la carpeta. Su cálculo es simple y rápido.
Pero tu Control Conductual Percibido es un poco paranoico.
Para decidir si ordenas tu mesa, tu CCP empieza a calcular variables absurdas. Evalúa la humedad relativa del aire, la interferencia electromagnética de los cables del router, la ergonomía de la silla en relación con tu fatiga lumbar y el impacto del orden visual en tu flujo de pensamiento durante las próximas tres semanas.

Tu CCP procesa tantas creencias de control y tanto poder percibido sobre los obstáculos que acaba generando lo de siempre: una parálisis por análisis de manual.
Tu cerebro concluye que las condiciones no son perfectas para ejecutar la acción. Tu intención conductual se desploma bajo el peso de tu propio análisis. No haces nada.

Al final del día, tu fiscal Coherencia no dimite por tu falta de ética.
Dimite por agotamiento crónico.
Es imposible ganarte un juicio en tu propia cabeza. Tienes demasiados recursos para falsificar pruebas, demasiada agilidad para inventar teorías conspirativas que justifiquen tu procrastinación y un Control Conductual Percibido tan sensible que cualquier mota de polvo en el ambiente le sirve como excusa para declarar que la conducta es irrealizable.

No eres un impostor. Tampoco eres un vago sin remedio.
Solo eres un cerebro cableado de manera diferente atrapado en un hardware que gasta el ochenta por ciento de su energía en redactar sentencias absolutorias para su propio ego. Quizá va siendo hora de despedir a tus abogados internos, aceptar que a veces compras tonterías porque sí, y dejar que Paco cocine sus croquetas en paz.

Porque, seamos sinceros, mientras tus abogados internos redactan recursos de amparo para salvar tu orgullo, el reloj sigue corriendo.
Tu corazón va a latir un número finito de veces. Es física básica.
Y es bastante triste que gastes tus últimos cartuchos de glucosa en justificar por qué compraste un teclado que no usas o por qué tu Control Conductual Percibido te impide ordenar el escritorio.

La vida se te escapa mientras tu cerebro procesa la valencia de tus caprichos. Te dejas arrastrar por el efecto de mera exposición, encariñándote de vidas ajenas en Instagram simplemente porque las ves todos los días en tu pantalla.
Al final, tu existencia se reduce a un ciclo infinito de disonancia cognitiva y autoengaño para no admitir que tienes miedo. Miedo a actuar, miedo a fallar, miedo a que tu Teoría de la Acción Planificada no sea perfecta.

La mala noticia es que vas a morir.
La buena al universo le importa un pito si fuiste coherente o si tu freidora de aire acumuló polvo.

Sentencia firme | Memento Mori y el fin de la farsa

Si quieres dejar de ser el espectador de tu propio juicio y entender un poco más del manual de instrucciones de tu cabeza antes de que el juez de verdad dicte la sentencia final, pásate por diariodeunacebra.com.

Allí ya sabes que hay más material para que estudies tu propia locura, apruebes ese examen de la UNED o, al menos, aprendas a reírte del ridículo juzgado que llevas entre las orejas.

Apaga la luz del tribunal. Sal a la calle. Haz algo estúpido y no te molestes en justificarlo. Nos vemos en el próximo tema, gracias por tu compañía.

Si este artículo te ha sonado, es probable que estés intentando unir las piezas del puzle. He ordenado las 7 claves fundamentales en una secuencia lógica para que no tengas que saltar de punto en punto.

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