Vives con el volumen al 11.

No estás rot@. Solo procesas la realidad en estéreo en un mundo configurado en mono.

¿Acabas de llegar? Empieza por aquí: El itinerario de 7 días para entender tu hardware mental.

Contenido empírico IV Crisis globales desde la perspectiva social. El club de la comedia del Antropoceno

El Club de la Sabana

Llevo veinte minutos atrapado en un atasco dentro de un coche de dos toneladas que devora combustible fósil a ritmo de crucero.
Justo delante de mí, un tipo en un SUV de lujo tira una colilla encendida por la ventanilla. Lo gracioso es que lleva una pegatina verde en el parachoques que dice: «No hay planeta B».
Ahí lo tienes. El fin del mundo no llegará con trompetas apocalípticas. Llegará con este tipo de incoherencias mundanas y mezquinas.

Hoy he decidido subirme al escenario mental de un club de comedia. Es el disfraz que me he puesto para que asimiles la teoría sin que te den ganas de morder un cable de alta tensión.

Porque la realidad científica es que tenemos un problema grave. Tu cerebro y el mío llevan instalado un software obsoleto, la versión Pleistoceno 1.0.

Un sistema diseñado para esquivar depredadores en la sabana y pelear por un trozo de carroña con grupos de veinte personas.

Y con ese mismo programa de cazador-recolector pretendemos gestionar una crisis termonuclear y el calentamiento global. El sistema, obviamente, está tirando pantallazos azules.

Este colapso cognitivo se debe a lo que en la academia denominan un dilema social. Básicamente, es una situación donde tus intereses personales entran en conflicto directo con los del colectivo.
Tu biología te susurra que busques la recompensa inmediata y egoísta porque la estructura de recompensas del entorno te lo pone en bandeja.
Pero si todos caemos en esa trampa, el resultado final es catastrófico para todos.
Es la tensión constante entre la divergencia de intereses, donde te beneficias individualmente perjudicando al resto, y la convergencia de intereses, donde la cooperación a largo plazo es la única opción para que no nos extingamos como los dinosaurios.

La pregunta no es si vamos a morir, sino cómo hemos diseñado un sistema social que premia nuestro propio suicidio colectivo.
Vamos a destripar el motor de nuestra propia autodestrucción.

Contenido empírico IV Crisis globales desde la perspectiva social. El club de la comedia del Antropoceno

Bienvenido a Diario de una Cebra en este capítulo en el que terminamos por fin el segundo parcial y el temario completo de Psicología Social.
Por si eres nuevo, te lo aclaro: hoy me subo a un escenario de comedia porque es el disfraz que necesito para que te rías de nuestra miseria colectiva antes de que te duermas leyendo apuntes infumables.

Reconozco que a nivel personal esté tema ha sido uno de los que más me ha costado hacer. Y seguramente si cae alguna pregunta en el examen, que caerá, me costará mucho señalar la respuesta correcta.
Y todo por esa diferencia entre lo que es y lo que debería ser que León Festinger bautizó como disonancia cognitiva.
Pero bueno, también hemos aprendido que el estado de ánimo influye en los procesos de cognición, así que cuando vea esa pregunta, me acordaré de este momento y, al menos sonreiré.
Qué le vamos a hacer, problemillas de eso de tener el cerebro cableado de manera diferente.

Pero sigamos con lo nuestro, que para eso estamos aquí. Si eres estudiante de psicología de la UNED, te voy a meter en vena el temario para que apruebes el examen sin enterarte.
Y si eres un adulto con altas capacidades, vas a entender por qué te quema tanto la estupidez ajena al comprobar como está diseñado tu propio hardware.

Para lograrlo, destriparemos los dilemas de bienes públicos y recursos comunes, desenmascarando al parásito de la holgazanería social y la tragedia de los comunes.
Analizaremos las capas del dilema multinivel de van Lange, desde tu salón hasta la geopolítica.
Veremos cómo la evolución nos programó con la señalización costosa y por qué tu confianza se desploma ante la incertidumbre temporal y la distancia psicológica.
Y, por último, usaremos a Hofstede para ver cómo la cultura modula este desastre y cómo las normas sociales son el único truco que funciona para que tu vecino recicle de una puta vez.

Contenido empírico IV Crisis globales desde la perspectiva social. El club de la comedia del Antropoceno

Santos, cabrones y el buffet libre | Introducción

Para entender cómo vamos a gestionar el colapso del planeta, no te hace falta mirar las cumbres de la ONU.
Solo tienes que observar una cena de grupo en un buffet libre.
Ahí, entre bandejas de sushi mediocre y codicia desatada, se despliega con precisión matemática la taxonomía que Douglas Kenrick y sus colaboradores tipificaron en 2019.
El buffet es el laboratorio perfecto del egoísmo y la cooperación.

Así que tenemos dos orientaciones, la egoísta y la prosocial.

En este ecosistema de fritanga, el primer espécimen que te encuentras pertenece a la orientación egoísta.
Específicamente, es el individualista.
Su motivación es simple: maximizar sus propios resultados sin tener en cuenta los costes o beneficios para los demás.
Es el tipo que se sirve sesenta piezas de salmón y deja la bandeja vacía para el resto de la cola. No te odia. No tiene nada personal contra ti. Sencillamente, en su mapa mental, tú no existes. Su hardware solo procesa su propia digestión.

Justo al lado está el competitivo, la variante más retorcida de la orientación egoísta.
A este sujeto no le importa tanto llenarse la boca como asegurarse de que tú comas menos que él.
Su motivación es obtener mejores resultados que los otros, aunque las ganancias absolutas sean ridículamente bajas y conseguirlo requiera un esfuerzo absurdo. Es el psicópata que se abalanza sobre las últimas ostras templadas solo porque te ha visto estirar el brazo. No las quiere, le van a sentar fatal, pero ver tu plato vacío le genera un chute de dopamina que su Pleistoceno 1.0 confunde con la victoria evolutiva. Es el típico que prefiere quedarse tuerto si a cambio tú te quedas ciego

En el otro lado de la mesa, sufriendo en silencio, se sientan los de orientación prosocial.

Primero tenemos al cooperativo. Su motivación es maximizar las ganancias conjuntas para los miembros del grupo.
Es el que intenta organizar las raciones compartidas, calcula el reparto de la cuenta de forma equitativa y vigila que todos hayan tocado al menos a un trozo de pan de ajo.

Y finalmente, en la cúspide del martirio, encontramos al altruista.
Su motivación es ayudar a los demás, incluso a costa de sí mismo.
El altruismo real no es filantropía barata de red social; implica ayudar a otros asumiendo un coste o una pérdida personal.
Es el que te cede la última croqueta del plato, sonríe y se va a su casa con el estómago rugiendo.

Observa bien la mesa. Porque con el individualista, el competitivo y el cooperativo y el altruista, pretendemos ponernos de acuerdo para no derretir los polos.

Santos, cabrones y el buffet libre | Introducción

El buffet libre está servido, pero me temo que entre individualistas y prosociales nos vamos a quedar todos con hambre.

El misterio de la lavadora a las tres de la mañana | 2. Las crisis globales como dilemas sociales

Hablemos de una de las posibles trampas del examen: confundir un bien público con un recurso común.

Un bien público es algo que hemos creado nosotros colectivamente. Está ahí disponible para todo el mundo, pagues o no. Piensa en las carreteras, la educación o los servicios de la Cruz Roja.
Como la contribución es voluntaria y nadie te va a meter en la cárcel por no donar, aparece nuestro parásito evolutivo favorito: la holgazanería social.
En psicología lo llaman directamente «viajar gratis».
Es el arte de usar el ascensor de la comunidad todos los días pero escaquearte de pagar las cuotas.

¿Y cómo justificamos ser unos jetas?
La ciencia lo sabe. Susan Murphy y sus colegas demostraron en 2003 que la gente legitima su propia holgazanería social utilizando la percepción de injusticia social.

Tu cerebro de la sabana se autoengaña diciendo: «Como el sistema es corrupto e injusto, yo no pago el billete del metro y así equilibro la balanza».
Un aplauso para su gimnasia mental.

Por otro lado, tenemos los recursos comunes. Estos no los hemos creado nosotros; ya estaban ahí, en la naturaleza. El agua, el aire limpio, los bancos de peces o los bosques. Son renovables, pero jodidamente finitos.

Y aquí es donde Garrett Hardin entró en la historia en 1968 con su famosa tragedia de los comunes.
Imagina un pastizal compartido por varios pastores. Si yo meto una oveja extra, me llevo el cien por cien del beneficio de vender su lana, mientras que el daño por sobreexplotación del suelo se reparte entre todos los vecinos.
Mi beneficio es privado; mi pérdida es pública.
El cálculo del Pleistoceno 1.0 es obvio: «Mete otra oveja». El problema es que todos los pastores hacen el mismo cálculo egoísta a corto plazo. ¿El resultado? El suelo se convierte en un desierto estéril y todas las ovejas mueren de hambre.

Es exactamente lo mismo que cuando decides poner la lavadora a las tres de la mañana en mitad de una crisis energética porque a ti te sale más barato, o cuando arrasas con el papel higiénico del supermercado ante el menor rumor de confinamiento.

Tu egoísmo individual e inmediato genera un desastre grupal irreversible.

El misterio de la lavadora a las tres de la mañana | 2. Las crisis globales como dilemas sociales

Nos creemos seres hipertecnológicos, pero seguimos gestionando los recursos del siglo veintiuno con la mentalidad de un primate que teme quedarse sin plátanos.

¿Por qué ayudamos a nuestra suegra? | Enfoques predominantes en el estudio de la cooperación humana

Si nuestro procesador interno es tan rematadamente egoísta, ¿por qué no nos hemos extinguido ya en una purga caníbal? ¿Por qué cooperamos?

Los psicólogos evolutivos tienen una respuesta. No cooperamos por bondad. Cooperamos por puro cálculo de supervivencia evolutiva. Nuestro software sabanero tiene cuatro parches de seguridad para evitar que nos matemos entre nosotros.

El primer parche lo firmó William Hamilton en 1964: la selección por parentesco. ¿Por qué toleras los comentarios pasivo-agresivos de tu suegra o le prestas dinero a tu hermano sabiendo que no te lo va a devolver? Porque compartís carga genética.
Tu biología no es tonta. Toleras la injusticia de tus familiares porque estás protegiendo tu propio patrimonio genético. Ayudar a tu primo hermano es, sobre el papel, ayudar a un porcentaje de ti mismo. No es amor familiar. Es una fría inversión de capital biológico.

El segundo parche es el altruismo recíproco, teorizado por Robert Trivers en 1971.
Esto ya no va de sangre, va de negocios. Yo te rasco la espalda hoy para que tú me la rasques a mí mañana.
En los dilemas sociales, más del setenta por ciento de tus decisiones son recíprocas. Cooperas porque esperas que el otro no te estafe. Es el pacto implícito de no agresión cuando ayudas a tu vecino a subir el sofá por la escalera. Lo haces para poder exigirle lo mismo cuando se te rompa el tuyo.

¿Pero qué pasa con los desconocidos que jamás volverás a ver? Ahí entra la reciprocidad indirecta de Claus Wedekind y Manfred Milinski.
Aquí el motor es la reputación. Cooperamos con extraños porque nos aterra que el grupo nos tilde de parásitos.
Si tienes reputación de cooperador, la tribu te ayudará cuando lo necesites. Tu cerebro del Pleistoceno sabe que el destierro social equivale a ser devorado por un dientes de sable. La reputación es el sistema de puntuación de Uber, pero con tu vida en juego.

El último parche es el más cínico: la señalización costosa de Randolph Nesse. ¿Por qué un multimillonario dona un ala entera a un hospital público? ¿Por qué tu conocido de Instagram presume de limpiar playas un domingo por la mañana? No es filantropía.
Es un pavo real desplegando sus plumas. Realizar una acción altruista y costosa es una señal excelente. Le grita al entorno que te sobran los recursos, que tienes un estatus elevado y que eres un socio reproductivo ideal. Es un cortejo evolutivo disfrazado de santidad.
Cooperamos para sobrevivir, para que nos acepten o para procrear.

¿Por qué ayudamos a nuestra suegra? | Enfoques predominantes en el estudio de la cooperación humana

El altruismo puro, me temo, no pasó el filtro de la selección natural.

La teoría del «si tú me jodes, yo te jodo» | La teoría de la interdependencia

Si el altruismo puro no pasó el filtro de la evolución, ¿cómo nos organizamos para no matarnos?
Harold Kelley (el mismo de la covariación) y John Thibaut propusieron en 1978 la teoría de la interdependencia. Es el marco teórico que explica las reglas del juego. Para entenderlo sin que te estalle la cabeza, imagínate que estás compartiendo un piso de estudiantes mugriento.

Primero nos encontramos con la estructura social objetiva.
Son las condiciones físicas, reales y sin filtros de la situación. Si en la nevera solo queda un yogur de proteínas, estamos ante una situación de suma-cero. Si me lo como yo, tú te quedas sin él. No hay más vuelta de hoja. Las características de la situación dictan las consecuencias de nuestra interacción.

Pero los humanos somos bichos raros. Rara vez nos quedamos en lo físico.

De inmediato, tu cerebro realiza la transformación de la estructura.
Coges esa realidad fría y la transformas en una estructura subjetiva metiendo tus propios sesgos, valores y miedos. Piensas: «Si me como su yogur, mañana no me dejará su coche», o «me importa que este desgraciado coma porque es mi amigo».
Es esta estructura subjetiva, y no la real, la que acaba dirigiendo tu comportamiento.

A partir de aquí, van Lange explica que, al evaluar tu ganancia frente a la del otro, se generan tres escenarios de interacción.

Si ambos queréis maximizar vuestra propia ganancia, caemos en un equilibrio inestable donde ambos perdéis.

Si ambos os preocupáis por maximizar la ganancia del otro, se alcanza un equilibrio estable donde todos ganáis.

Y si tú quieres tu beneficio pero tu compañero está motivado para que ganes tú, se da un equilibrio estable donde él coopera para tu provecho.

La comedia se vuelve negra de verdad cuando este delicado equilibrio tiene que escalar. Es lo que Goran de Wit y Norbert Kerr llamaron dilema social multinivel, o dilema en capas.
Paul Van Lange y David Rand lo dividen en cuatro niveles.

El primer nivel es el familiar. Cooperas de forma natural porque compartes genes y cocina.

El segundo es la comunidad: tus amigos y vecinos. Aquí cooperas por mantener la reputación y la interacción regular.

El tercer nivel es el nacional: compartes gobierno, leyes, cultura y medios. Aquí la cooperación se basa en normas compartidas e instituciones.

Y el último nivel es el internacional: países hiperconectados y con una interdependencia brutal, pero que no interactúan directamente.

En este nivel superior, la cooperación se va a la mierda. Lo vimos en la pandemia. En lugar de coordinar una respuesta global, unos compitieron salvajemente para acaparar vacunas para su propio endogrupo, dejando desprotegidos a los exogrupos.

Intentar resolver el cambio climático coordinando estas cuatro capas es como intentar que tu cuñado el conspiranoico, tu comunidad de vecinos, el presidente del gobierno y el Consejo de Seguridad de la ONU se pongan de acuerdo para cambiar una bombilla fundida en el rellano.

Al final, nos quedamos a oscuras.

La teoría del "si tú me jodes, yo te jodo" | La teoría de la interdependencia

Confianza ciega y miopía mental | Procesos implicados en los dilemas sociales

Quedarse a oscuras es el estado natural de nuestra especie cuando no hay un sistema de vigilancia cerca.
Para evitarlo, dependemos de un frágil pegamento psicológico: la confianza.
Denise Rousseau la definió en 1998 como ese estado mental en el que aceptas ser vulnerable ante otro, asumiendo el riesgo de que te estafe, porque tienes la expectativa positiva de que se portará bien.
Es decir, ofreces tu espalda para que te apuñalen
En los exámenes igual te preguntan cómo influye esto en la cooperación. La respuesta es que la confianza es un moderador.
Daniel Balliet y Paul van Lange demostraron que la relación entre confianza y cooperación es mucho más fuerte cuanto mayor es el conflicto de intereses.
Si el pastel a repartir es pequeño, no te importa tanto. Pero si nos estamos jugando la supervivencia, la confianza es lo único que evita que nos canibalicemos.

El problema es que tu software de la sabana es paranoico por defecto.
Aquí es donde Toshio Yamagishi nos dio una bofetada de realidad en 2011.
Las personas con baja confianza disposicional no son malos por naturaleza. No tienen una motivación egoísta destructiva. Lo que tienen es un miedo atroz a ser el tonto útil de la película.

Tienen pánico a reciclar mientras su vecino tira disolvente por el desagüe.
Sin embargo, si a estos paranoicos les das un sistema de sanciones que castigue al que no coopera, se vuelven los más colaboradores del grupo. Lo llamamos cooperación instrumental.
Cooperan por puro cálculo de resultados, no por amor al prójimo.

Esta fragilidad se multiplica cuando entra en juego el «ruido».
Minoo Tazelaar demostró en 2004 que cuando hay factores fuera de nuestro control que alteran el resultado, la cooperación se desploma.
Imagina que compartes tu cuenta de Netflix con tu cuñado y de repente se bloquea.
Tu software prehistórico no piensa en un fallo del servidor. Piensa: «Este cabrón me ha cambiado la contraseña». El ruido activa tu protocolo de guerra total.

Y si la paranoia no fuera suficiente, tenemos un problema de enfoque óptico.
La teoría del nivel de constructo de Yakov Trope y Nira Liberman explica que representamos las acciones de dos formas. El estilo de pensamiento abstracto se enfoca en el por qué, en metas globales a largo plazo. El estilo concreto se enfoca en el cómo, en el detalle inmediato.

Salvar el planeta es un concepto abstracto. Tu cerebro no puede computarlo porque sufre de distancia psicológica.

Primero, por la distancia temporal. El colapso ecológico severo ocurrirá dentro de muchos años. Para tu procesador del Pleistoceno, eso es el infinito. Esa lejanía en el tiempo genera una incertidumbre brutal que destruye tu eficacia conductual percibida. Te dices a ti mismo: «¿De qué sirve que yo no use pajitas de plástico si el futuro es incierto y a lo mejor inventan una tecnología mágica en veinte años?». Usas la distancia temporal como una excusa interesada para no cooperar hoy.

Segundo, por la distancia social. El cambio climático afecta a una entidad abstracta llamada «el planeta».
Tu cerebro está diseñado para cooperar en díadas, donde el comportamiento es observable y el jeta se expone al destierro. No está programado para empatizar con ocho mil millones de desconocidos sin rostro.
Si el fin del mundo no interfiere directamente con la nómina que cobras dentro de dos semanas, tu hardware simplemente apaga la alarma y se vuelve a dormir.

Y antes de seguir, me veo en la obligación moral de apartarme un poco de la teoría del libro. Esto no tengas en cuenta para el examen.
Ese cerebro de la sabana está pensado para sobrevivir ahora. Para llegar a cenar a la cueva. Para perpetuar su legado genético. Lo que le importa es que en los próximos cinco minutos no le devore un dientes de sable.
Pero no por egoísmo, sino solo porque los que pensaban en lo que iba a pasar dentro de cinco minutos no sobrevivían, ni llegaban a cenar ni perpetuaban sus genes
Y digo que me aparto de la teoría porque igual estamos complicando demasiado las cosas con distancias psicológicas temporales y sociales y eficacias conductuales percibidas cuando es tan sencillo de explicar como que nuestro cerebro está moldeado por miles de años de evolución para hacer a las mil maravillas una sola cosa: sobrevivir. Por eso estamos aquí y ahora. Porque si no se hubiera adaptado, nos habríamos extinguido.

Confianza ciega y miopía mental | Procesos implicados en los dilemas sociales

Sigamos. No descarto interrumpir de nuevo, pero recuerda esto no lo pongas en el examen.

El hotel del apocalipsis multicultural | Diferencias culturales en la gestión de los dilemas sociales

Si quieres ver cómo colapsa nuestro software sabanero bajo presión geopolítica, imagínate que el fin del mundo nos pilla compartiendo el mismo hotel de la costa.

El aire acondicionado, el buffet de desayuno y el agua de la piscina son nuestros recursos comunes.
La forma en que los gestionamos depende del sistema operativo cultural que llevemos preinstalado de fábrica en función de la cultura en la que nos hemos criado.

Geert Hofstede demostró en 2001 que el planeta no se divide por fronteras, sino por dimensiones de variabilidad cultural. La primera gran brecha es el individualismo-colectivismo.

Y aquí, cuidado: no confundas el individualismo cultural con la motivación egoísta individualista que vimos al principio en la tabla de Kenrick.
El individualismo de Hofstede mide la independencia emocional respecto al grupo.

En nuestro hotel imaginario, el turista estadounidense es el rey del individualismo. Valora su autonomía y la autoexpresión de sus emociones.
Si quiere poner el aire acondicionado de su habitación a dieciséis grados para dormir tapado con un edredón nórdico en pleno agosto, lo hará.
Y si le reclamas que está colapsando la red eléctrica, te dirá que para eso ha pagado su habitación.
Para él, el sacrificio personal en beneficio del colectivo es un concepto alienígena.

Lo siento, debo interrumpir y dejar constancia de un detalle: en el tema anterior hablamos también de individualismo. Vimos que Harry Triandis distinguía entre individualismo vertical y horizontal. El estadounidense de nuestro hotel es el claro ejemplo del individualismo vertical: competir, destacar y quedar por encima.
Pero no olvidéis que existe el individualismo horizontal, donde el sujeto busca la autonomía, ser único y desarrollarse a si mismo, sin pisar en ningún momento a los demás.
Y continuo porque sé por experiencia que este tipo de puntualizaciones acaban trayendo malas consecuencias académicas.

En la habitación de al lado se aloja el turista japonés, educado en el colectivismo.
Su software prioriza la interdependencia, la lealtad y la solidaridad con el grupo.
Apagará el aire acondicionado y sudará en silencio para no saturar el generador del hotel. Parece el cliente perfecto, pero la psicología social es cínica por definición. Dario Páez Rovira y sus colaboradores advirtieron en 2003 que a las culturas colectivistas les cuesta un mundo aceptar las ideas de los exogrupos.
Si el estadounidense propone una solución para ahorrar energía, el japonés la rechazará solo porque que viene de fuera de su tribu.

A este caos le tenemos que sumar la orientación temporal a corto-largo plazo.
El huésped noruego viene de una cultura de corto plazo. Valora el presente y la gratificación instantánea. Pedirle que reduzca su consumo de agua caliente para garantizar el suministro del hotel dentro de diez años le parece una soberana estupidez; él quiere su ducha ahora.
Mientras tanto, el cliente chino, con su orientación a largo plazo, está programado para la previsión. Él sí está dispuesto a sacrificar la comodidad del presente y racionalizar el consumo de agua, porque entiende que la sostenibilidad del hotel es un activo que debe proteger para el futuro.

Para rematar el desastre en recepción, entra Alfonsus Trompenaars con su dimensión de control interno vs. externo.
El estadounidense, con su mentalidad de control interno, ve la naturaleza como un mecanismo complejo que el ser humano debe dominar. Su solución para la sequía de la piscina es tecnológica: propone desalar agua de mar mediante un sistema carísimo para seguir usándola de forma sostenible.
El japonés, que opera bajo el control externo, tiene una visión orgánica y holística. Cree que el ser humano es solo una fuerza más de la naturaleza y que debe adaptarse. Su solución es simple: si no llueve, la piscina se cierra porque hay que vivir en armonía con los ciclos del entorno, no intentar someterlos.

El hotel del apocalipsis multicultural | Diferencias culturales en la gestión de los dilemas sociales

Poner de acuerdo a todos estos para gestionar los recursos del hotel es matemáticamente imposible. Sus sistemas operativos culturales chocan en cada decisión. Al final, la piscina se queda sin agua, la luz se corta por sobrecarga y cada uno se encierra en su habitación a oscuras, convencido de que la culpa de la ruina del hotel es, única y exclusivamente, de los extranjeros de la planta de abajo.

El manual de autoayuda para no extinguirnos | Respuestas sostenibles a los problemas globales: algunas estrategias

¿Cómo parcheamos este desastre de sistema operativo?
Los ingenieros sociales lo han intentado todo. En 2015, Sander van der Linden y su equipo publicaron un manual de instrucciones para intentar que no nos extingamos antes de que termine el siglo.
La primera regla de este parche de software es dejar de vender el fin del mundo como un concepto abstracto y lejano.
Al Pleistoceno 1.0 le importa un rábano el oso polar de 2080.
Tienes que hacer el problema presente, local y personal. No me hables del deshielo de los glaciares si vivo en la costa; dime que me voy a quedar sin mejillones el mes que viene. Eso sí lo entiende mi procesador. Presente, local y personal

La segunda regla es usar el único truco psicológico que funciona para que tu vecino recicle de una maldita vez: las normas sociales.

Si le pones un cartel verde que dice «Salva la Tierra», tu vecino usará el contenedor de plástico para tirar una colilla. Pero si le informas de que el noventa por ciento de los residentes de su propio edificio ya recicla correctamente, su cerebro sabanero entra en pánico por exclusión. No coopera por civismo. Coopera porque le aterra que la tribu descubra que es el parásito del rellano.

Otro inciso de esos que no debéis tener en cuenta: esto enlaza directamente con la necesidad de pertenencia, que muchos autores ponen la mismo nivel que alimentarse o reproducirse.
Si algún día tenéis que llevar esta manipulación a la práctica, debéis tener en cuenta que existen individuos cuya necesidad de pertenencia no es global y motivada biológicamente, sino bastante particular y definida racionalmente: no necesito pertenecer a un grupo que limita mi individualismo horizontal. Fin del inciso.

Y es que parece que nuestra obsesión con lo que hace el de al lado es enfermiza.
Lo vemos en el clásico Juego del Ultimátum de Werner Güth de 1982.
Imagina que tú y un compañero hacéis el mismo esfuerzo para realizar un trabajo.
El jefe le da el dinero a él y le dice que proponga el reparto. Si tú aceptas su propuesta, os lo quedáis. Si la rechazas, ambos os quedáis con cero.
Si tu socio es un egoísta y te ofrece una distribución desigual de siete a tres, tu orgullo prehistórico se activa. Prefieres que los dos os quedéis sin un duro con tal de castigar su codicia.
Esto se llama aversión a la desigualdad. Preferimos el autosabotaje destructivo antes que permitir que el otro gane más.

Pero aquí viene el giro del autoconcepto de Chaverri Chaves e Itziar Fernández.
Si tienes un autoconcepto independiente, típico de las culturas occidentales, tu procesador prioriza la equidad individual y la autonomía, por lo que mandarás a tu socio a la mierda y rechazarás la oferta injusta.
Pero si tienes un autoconcepto interdependiente, tu software prioriza la cohesión grupal y la armonía, por lo que tenderás a aceptar la oferta desigual para no romper el vínculo o generar un conflicto directo.

Ahí lo tienes. El manual de supervivencia de nuestra especie se reduce a esto: somos unos paranoicos que solo cooperamos por presión social, que preferimos arruinar el planeta antes que ver ganar al vecino, y cuyo concepto de justicia depende de si tu «yo» es una isla o parte de un archipiélago.

El manual de autoayuda para no extinguirnos | Respuestas sostenibles a los problemas globales: algunas estrategias

Con este hardware pretendemos colonizar Marte. Buena suerte con eso.

Resumen | El cierre de la función

Hagamos un alto. Apaguemos los focos del escenario por un instante y miremos el mapa completo de este vertedero cognitivo que acabamos de recorrer.
Si vas a enfrentarte al examen de la UNED o si simplemente intentas entender por qué colapsa tu paciencia al ver el telediario, este es el esqueleto de nuestro fracaso colectivo.

Hemos destripado el conflicto original: la tensión entre tu beneficio inmediato y la supervivencia del grupo.
Aprendiste a distinguir lo que construimos, los bienes públicos, devorados por el parásito de la holgazanería social y su filosofía de viajar gratis, de lo que ya estaba ahí, los recursos comunes, esquilmados por la tragedia de los comunes de Hardin.

Vimos que tu biología no es buena, sino astuta.
Tu software utiliza parches evolutivos: la selección por parentesco de Hamilton, el altruismo recíproco de Trivers y esa campaña de marketing personal que es la señalización costosa de Nesse.
Todo para gestionar un dilema social multinivel que se rompe al escalar. Nos movemos bien en el nivel familiar y comunitario, pero el sistema operativo se cuelga al llegar a las capas nacional e internacional de van Lange.

La distancia psicológica, tanto social como temporal, nos hace percibir el futuro como un concepto borroso.
Esto destruye tu eficacia conductual percibida y te sirve de excusa para no cooperar.

En este vacío de información, la confianza es el único moderador que evita la catástrofe, siempre que el individualismo de Hofstede o los sesgos culturales de Trompenaars no dinamiten la mesa de negociación.

¿La única salida viable? Dejar de apelar a la buena voluntad y usar la presión de las normas sociales. El miedo a ser el bicho raro del vecindario es lo único que nos hace cooperar.

Última interrupción antes de entrar en lo divertido, aunque seguramente lo repita en esa parte. Pero por si me olvida: aquellos que tenéis el cerebro cableado de manera diferente ¿teméis tanto como dice la teoría ser el bicho raro del vecindario? ¿A que no? Lo de ser el bicho raro lo tenemos tan incorporado a nuestro procesamiento automático que ni nos damos cuenta.

Resumen | El cierre de la función

Ahora que tienes la teoría, es hora de hacer un ejercicio práctico. Vamos a dejar a un lado los libros. Vamos a abrir la tapa de un cerebro de alta capacidad para entender el dolor que produce llevar un hardware hipersensible en un mundo diseñado para el cortoplacismo.

Los espectadores que no se ríen | Altas Capacidades y el dolor del hardware

Si te sientes reflejado en este diagnóstico, probablemente seas ese espectador en el club de la comedia que no se está riendo.
No es porque te falte sentido del humor.
Es porque entiendes el chiste demasiado bien.
Mientras el resto del público aplaude el ingenio del monologuista, tú estás calculando mentalmente la velocidad del colapso del sistema.
Llevar un hardware hipersensible en un mundo diseñado para el cortoplacismo no es un privilegio. Es una maldición de fábrica.

Y hoy, aunque mi sesgo de confirmación trata de impedírmelo, voy a finalizar el capítulo resistiéndome a ello. Si solo buscara confirmar mis creencias personales, esto que estas a punto de leer o escuchar, nunca lo habría escrito.

Porque mucho de lo que vamos a ver, yo no lo experimento así. Yo he tenido una experiencia que me ha enseñado que todo esto no va de dilemas sociales, sino de priorizar el tiempo y la energía que nos queda en los que realmente nos importante. Pero no por ello voy a negar que muchos de los que me escucháis si lo experimentáis así

Para tu cerebro, el dilema social multinivel de van Lange no es una teoría académica que se estudia por niveles ordenados.
Tu procesamiento cognitivo no sabe compartimentar. Colapsa las cuatro capas en un solo plano de existencia. El nivel familiar, la comunidad, la política nacional y la geopolítica internacional ocurren simultáneamente en tu cabeza.
Sentir que la extinción de una especie en el Amazonas tiene la misma urgencia que pagar el alquiler de este mes no es una exageración.
Puede ser el resultado directo de un hardware que no puede filtrar la relevancia de los estímulos.

Este colapso se debe a que careces del amortiguador biológico estándar: la distancia psicológica.
El cerebro promedio utiliza la distancia temporal y la distancia social como un mecanismo de defensa para poder dormir por las noches.
Para la mayoría, el año 2050 está lo suficientemente lejos como para no preocuparse hoy.

Para ti, el futuro es un hecho concreto que se procesa en presente. La mayoría necesita ver la cara de una víctima para activar su empatía.
Tú puedes experimentar la distancia social de forma tan reducida que la humanidad entera se siente como un colectivo cohesionado dentro de tu propio salón.

Aquí es donde la incertidumbre temporal se vuelve una tortura diaria.
Sabes perfectamente que tus acciones individuales tienen una eficacia conductual percibida ridículamente baja.
Eres consciente de que separar minuciosamente el plástico del cartón en tu cocina no va a detener las emisiones de las grandes corporaciones.
Pero aquí radica el cortocircuito: aunque tu intelecto sabe que tu contribución es una gota en el océano, tu estructura ética te impide dejar de hacerlo.
No puedes usar la incertidumbre como una excusa interesada para sumarte al egoísmo colectivo.
E incluso se puede dar el caso de que veas más allá del egoismo colectivo e identifiques el egoismo individual de los que usan las normas sociales para beneficiarse a tu costa.

Por eso, ver la holgazanería social a tu alrededor te puede generar un desgaste físico real. Cuando observas a alguien «viajar gratis» a costa de un bien público, o cuando presencias la tragedia de los comunes en la cola de un supermercado, tu cerebro no percibe un simple acto de incivismo.
Percibe una amenaza directa a la supervivencia de la tribu.
Tu hardware opera por defecto bajo una orientación prosocial, oscilando entre el deseo de una estructura cooperativa y el desgaste de un comportamiento altruista que nadie ha pedido y que el entorno rara vez agradece.

O, volviendo a simplificar, porque tu cerebro ve más allá y tiene la certeza de que solo es un problema de cortoplacismo. Si comparas te das cuenta de que la mayoría no ve más allá de su propia punta de la nariz.

Estás rodeado de personas con orientaciones individualistas y competitivas cuyo sistema operativo Pleistoceno 1.0 funciona exactamente como fue diseñado: buscando el beneficio inmediato y la ventaja sobre el vecino.
No son malvados por naturaleza.
Es que sus cerebros están apagados ante la complejidad global, mientras que el tuyo está encendido a máxima potencia, registrando cada pequeña grieta del barco.
Ni estás loco, ni eres un exagerado. Simplemente estás atrapado en un simulacro prehistórico con un mapa del siglo veintidós en las manos. Y el mapa, lamentablemente, no deja de arder.

Los espectadores que no se ríen | Altas Capacidades y el dolor del hardware

Despedida | Memento mori en el Pleistoceno

Me bajo del escenario, hoy me ha costado más de lo normal.
Te dejo ahí, sentado en la cubierta de este Titanic esférico, mientras decides si el iceberg contra el que vamos a chocar es de origen orgánico o si el vecino de camarote ha pagado su parte del billete.

El mapa se está quemando, de acuerdo. Pero lo malo no es que el mundo se acabe. Lo jodido es que tu tienes fecha de caducidad. Como siempre te he dicho a lo largo de estos 16 capítulos sobre Psicología Social: Memento mori.

Mi cuerpo y el tuyo se van a apagar mucho antes de que el planeta colapse del todo. El mío, además ya lo hizo una vez. Te hago un pequeño spoiler: no hay nada al otro lado. Así que lo que quieras hacer, hazlo ahora.

El tiempo se escurrirá entre los dedos mientras seguimos atrapados en atascos de tráfico, vigilando si el de al lado recicla o justificando nuestra propia holgazanería social porque el sistema es injusto.
Es un desperdicio de tiempo.
Llevas un procesador de alta potencia y lo estás usando para rumiar sobre la estupidez de una especie que prefiere extinguirse antes que cooperar.
Es como tener un ordenador de última generación y usarlo únicamente para jugar al buscaminas. Si se quieren extinguir, que se extingan, no puedes hacer nada por evitarlo. Pero si puedes cultivar tu individualismo horizontal mientras lo intentan.

Memento mori en el Pleistoceno

Y si necesitas entender esta locura antes de que se te pase la vida, si estás harto de la grasa académica y quieres entender tu cerebro antes de que tu batería llegue al cero por ciento, pásate por diariodeunacebra.com.

Allí hay mucho mas. Sin positivismo absurdo, sin vendehúmos y sin la pedantería de los manuales universitarios.
Solo psicología real, datos sin edulcorar y un espejo incómodo para mirarnos mientras el barco se hunde.

Deja de esperar que los ocho mil millones de primates de este planeta decidan actualizar su sistema operativo de repente. No va a pasar. Su software prehistórico no da para más.
Preocúpate de limpiar tu propio código, de gestionar tu intensidad y de no consumir tus recursos limitados en batallas absurdas contra molinos de viento. Al fin y al cabo, si el mundo se va a la mierda mañana, al menos que te pille con el examen aprobado y la cabeza en paz.

Apago los focos y me voy. Gracias a todos los que me habéis acompañado en este largo paseo por el interesante mundo de la Psicología Social.
Nos vemos en los exámenes. O en la cola del buffet libre, disputándonos la última croqueta de la supervivencia. Cuida de tu hardware.

Gracias por tu compañía.

Si este artículo te ha sonado, es probable que estés intentando unir las piezas del puzle. He ordenado las 7 claves fundamentales en una secuencia lógica para que no tengas que saltar de punto en punto.

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