Diario de una cebra

Enseña tus rayas

Relatos de una cebra en el siglo XXI. Experiencias compartidas de percibir la realidad en alta definición

La cena de los normales y mi Óscar a la mejor interpretación dramática

Querido Diario:

Acabo de llegar a casa. Me he quitado los zapatos, me he aflojado la corbata (metafórica y literal) y me he servido una copa de vino que probablemente no me beba. El silencio de mi salón nunca ha sonado tan glorioso. Es como una manta de plomo que me protege de la radiación del mundo.

Vengo de una «reunión social». Ya sabes, ese ritual humano donde varias personas se juntan en un espacio cerrado para ingerir carbohidratos fermentados y hablar del tiempo, del fútbol o de la última serie de Netflix que «tienes que ver porque te cambia la vida» (spoiler: nunca te cambia la vida).

¿Sabes esa sensación de ser un antropólogo en Marte? ¿Esa certeza absoluta de que todos los demás recibieron un manual de instrucciones al nacer titulado «Cómo ser un Humano Funcional y Disfrutar de las Charlas de Ascensor» y que el tuyo se perdió en el correo? Pues esa ha sido mi noche.

Si alguien leyera esto, diría: «Oh, eres un introvertido». No, Diario, no es introversión. Es sobreexcitabilidad. Es estar en una mesa con seis personas y notar todo a la vez.

El Ataque de los Sentidos

La noche empezó mal. El restaurante estaba «de moda», lo que en el código actual significa: mala acústica, luces estroboscópicas y sillas de diseño incomodísimas.

Mi Departamento Sensorial (ese del que hablábamos el otro día) entró en pánico a los tres minutos.

—Informe de situación: —gritó el encargado de mis nervios auditivos—. El tipo de la izquierda mastica con la boca abierta (frecuencia de 4Hz, altamente irritante). La música de fondo compite con el ruido de los cubiertos. Y esa luz halógena está parpadeando a un ritmo que me va a provocar un ataque epiléptico o un homicidio. Elige tú.

El Ataque de los Sentidos 

Mientras sonreía y asentía fingiendo interés en la anécdota de alguien sobre su reforma del baño, mi cerebro estaba procesando el entorno en «Ultra HD». No es que sea «especialito», es que mi tálamo no tiene portero de discoteca. Deja pasar todos los estímulos. El olor del perfume barato de la señora de la mesa de al lado se mezclaba con el sabor del vino y el roce de la etiqueta de mi camisa, creando una cacofonía sensorial agotadora.

La Tiranía de la Superficialidad

Pero lo peor no fue el ruido. Fue el vacío.

La sociedad, querido Diario, está diseñada para la horizontalidad. Se premia al que abarca mucho y aprieta poco. Se valora la charla ligera, el small talk, el no meterse en charcos.

Y ahí estaba yo, con mi Sobreexcitabilidad Intelectual hambrienta, como un lobo disfrazado de caniche, esperando un trozo de carne real. Alguien mencionó una noticia sobre inteligencia artificial.

—¡Por fin! —pensé—. Tema interesante.

Me incliné hacia adelante. Mis ojos brillaron. Empecé a hablar sobre las implicaciones éticas de la consciencia sintética y cómo esto nos obliga a redefinir el concepto de alma según los parámetros de…

Silencio incómodo.

Me miraron como si hubiera sacado un conejo muerto del bolsillo.

—Bueno, yo solo decía que el ChatGPT me ha hecho un resumen genial para el curro —dijo uno.

Risas nerviosas. Vuelta a hablar del tiempo.

Me replegué. Volví a mi disfraz. «Ah, sí, claro, el tiempo está loco».

La Soledad Acompañada

Aquí es donde duele, Diario. No es arrogancia. Te juro que no me creo mejor que ellos. De hecho, a menudo me siento peor. Me siento defectuoso. ¿Por qué no puedo simplemente disfrutar de la charla sobre azulejos de baño? ¿Por qué tengo esta necesidad visceral, casi dolorosa, de profundidad?

Dabrowski lo llamaba el «don trágico». Tienes la capacidad de experimentar las cumbres más altas de la emoción y el pensamiento, pero el precio es vivir en un valle donde nadie habla tu idioma. Es una soledad paradójica: estás rodeado de gente que te aprecia, pero que solo ve al personaje que interpretas, no al actor que está detrás, agotado, entre bastidores.

Estaba en plena Desintegración Positiva de Nivel III (esos conflictos verticales de «lo que es» contra «lo que debería ser»). Me sentía un fraude. Un espía infiltrado en la normalidad, aterrorizado de que descubrieran que soy, en palabras del vídeo que vi el otro día, una «cebra» intentando pasar por caballo.

El Faro Selectivo

Estaba a punto de inventarme una excusa (¿migraña repentina? ¿el gato ha incendiado la casa?) para huir, cuando decidí probar una táctica nueva. La llamaré «Encender el Faro».

En lugar de intentar iluminar toda la costa (tratar de que todos me entiendan), decidí lanzar un solo destello de luz auténtica, muy breve, para ver si alguien respondía.

Aprovechando un silencio, solté un comentario arriesgado. En voz baja, casi para mí mismo, cité una frase pesimista de Cioran a raíz de un comentario sobre la felicidad. Algo oscuro. Algo intenso.

Esperé el rechazo. Esperé el «qué raro eres».

El Faro Selectivo

Pero entonces ocurrió.

La chica que estaba sentada en la esquina, la que había estado más callada toda la noche, la que parecía la más «normal» y aburrida de todas (contable, creo que dijeron, vestida de gris, sonrisa protocolaria), levantó la vista de su plato.

Nuestras miradas se cruzaron. Y vi algo.

Vi el mismo cansancio. Vi la misma «intensidad» contenida.

—Cioran está bien —dijo ella, con una voz tranquila que cortó el ruido del restaurante—, pero en días como hoy prefiero el nihilismo activo de Nietzsche. Si vamos a hundirnos, bailemos mientras el barco se hunde, ¿no?

El resto de la mesa siguió comiendo, ignorando el intercambio. Para ellos fue solo ruido de fondo.

Pero para mí fue como si acabara de aterrizar una nave nodriza.

Pasamos el resto de la cena ignorando al grupo, hablando en susurros sobre filosofía, sobre la textura insoportable de las servilletas de lino (¡ella también lo notaba!) y sobre cómo nuestros cerebros no nos dejan dormir a las 3 de la mañana.

Resulta que ella también tiene un Departamento de Imaginación sin Fronteras. Resulta que ella también se siente una actriz en estas cenas.

Al despedirnos, no intercambiamos teléfonos, solo una mirada de complicidad. Una mirada de «te veo».

La vida es finita, Diario. Nos vamos a morir. Y pasar el poco tiempo que tenemos fingiendo ser quienes no somos es el mayor desperdicio imaginable. Hoy he aprendido que no estoy solo en la sabana. Las cebras estamos ahí fuera, camufladas, pastando con los caballos.

Solo hace falta un pequeño rugido, una pequeña señal de autenticidad, para encontrarnos.

Ahora, si me disculpas, mi Departamento Emocional necesita llorar un poco de alivio y mi Departamento Sensorial exige pijama de franela y silencio absoluto durante las próximas 12 horas.

Hasta mañana.

📚 REFERENCIAS Y RECURSOS

    • Dabrowski, K. (1972). Psychoneurosis Is Not an Illness. Gryf Publications. Enlace al libro
    • Piechowski, M. M. (2006). “Mellow Out,” They Say. If I Only Could: Intensities and Sensitivities of the Young and Bright. Yunasa Books. (Obra clave para entender cómo se sienten las sobreexcitabilidades desde dentro y el concepto de vivir la vida «más intensamente»). Enlace al documento

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