Vives con el volumen al 11.

No estás rot@. Solo procesas la realidad en estéreo en un mundo configurado en mono.

¿Acabas de llegar? Empieza por aquí: El itinerario de 7 días para entender tu hardware mental.

Nota antes de que entres en mi cabeza:

Lo que vas a leer a continuación es un híbrido. La parte teórica —el análisis, la biología y los conceptos sobre el hardware mental— es rigurosamente real. Sin embargo, la narrativa, las anécdotas y los personajes son una licencia literaria.
He disfrazado la realidad de ficción para que la verdad sea más fácil de digerir (y porque a veces es la única forma de reírnos de nuestra propia intensidad sin que parezca una tragedia).

Advertencia: Cualquier parecido con tu realidad... probablemente no sea coincidencia.

El día que Skynet ganó porque nos daba pereza escribir un correo

Querido Diario: 

Después de tanto lío con la psicología de la emoción, la psicología del aprendizaje, los columnistas deportivos ejerciendo de cuñados y, antes de embarcarme en un manual avanzado de Job Crafting y a la vez recetario para empresarios desesperados, vuelvo por aquí en el formato inicial.

Y vuelvo para contarte que hoy he asistido al fin del mundo. No hubo explosiones nucleares, ni robots con ojos rojos pisando calaveras humanas, ni una banda sonora dramática de Hans Zimmer.

El apocalipsis ha sido mucho más decepcionante. Ha ocurrido a las 10:15 de la mañana, en la oficina, bajo la luz triste de los fluorescentes.

Mi compañero de la mesa de al lado, llamémosle «Usuario Estándar 1», tenía que escribir un correo de disculpa a un cliente. Un correo delicado. De esos que requieren tacto, humanidad y un poco de vergüenza torera.

¿Qué hizo?

Abrió el chat, escribió: «Escribe una disculpa por un retraso de dos semanas, tono empático pero profesional», y pulsó Enter.

Tres segundos después, copió el resultado, lo pegó en Outlook y le dio a Enviar. Sin leerlo. Sin editarlo. Sin sentirlo.

Lo miré horrorizado. Él me miró y sonrió con esa suficiencia de quien cree haber descubierto el fuego cuando solo ha descubierto cómo quemarse las pestañas más rápido.

—Es magia —me dijo—. Me acabo de ahorrar diez minutos de pensar.

Y ahí, querido Diario, sentí ese frío en la espina dorsal. 

El frío de saber que mi compañero tiene razón. Aunque ya sé que el cerebro humano es un tacaño por definición y tradición. Aunque soy consciente de que se lo hemos puesto a huevo a la IA con esta “revolución tecnológica que va a salvar el mundo”

A pesar de ello, Diario, ha sido una de esas ocasiones en las que me jode tener razón.

El día que Skynet ganó porque nos daba pereza escribir un correo

La Rebelión de los Mansos

Llevo días dándole vueltas a ese concepto catrastofista que recorre los titulares. La gente tiene miedo de que la IA desarrolle consciencia y nos someta.

¡Qué optimismo tan ingenuo! Eso implicaría que somos rivales dignos. Implicaría que para someter a la especie es necesario que las máquinas planifiquen, calculen, interpreten pensamientos y manejen nuestros deseos voluntariamente. Esto es algo imposible realmente. Al menos tal y como la humanidad ha planteado lo que llaman “inteligencia artificial” Reducir la inteligencia al simple hecho de calcular la probabilidad de que una palabra vaya después de otra es absurdo.

Que un “talento simple verbal” como lo definirían los burócratas escale hasta el sueño de la Inteligencia Artificial General es, simplemente, imposible de nuevo.

Lo único que demuestra esto es que esos gurús que cada seis meses anuncian que la Inteligencia Artificial nos cambiará la vida (concretamente su modelo) no tienen ni la más mínima idea de lo que es la inteligencia. Pero si que conocen un poco más la otra pata del banco, lo de artificial. Por eso piensan que si aumentan la parte “artificial” conseguirán poner a su “inteligencia” el apellido de general.

Mientras tanto acaban con los recursos del planeta. sube el precio de los componentes electrónicos. Se dispara el gasto en agua y ya empezamos a echar de menos las denostadas centrales nucleares. Está próximo el momento en el que haya que escoger entre mantener una ciudad y un centro de datos y elegiremos,seguramente, lo segundo, por el bien de la humanidad.

Por todo eso la realidad que mi cerebro insiste en proyectar es mucho más humillante: no nos van a conquistar; nos vamos a entregar.

Nos vamos a rendir voluntariamente, con una sonrisa bobalicona, simplemente porque la máquina responde 0,5 segundos más rápido que nuestro propio cerebro.

Es la dictadura de la conveniencia. Es el «sometimiento por pereza». Jode ver cómo el pensamiento crítico se está convirtiendo en un vestigio evolutivo, como el apéndice o las muelas del juicio: algo que está ahí, que molesta y que la gente está deseando extirparse.

Jode ver cómo el pensamiento crítico se está convirtiendo en un vestigio evolutivo

EL DIAGNÓSTICO CIENTÍFICO: Tu cerebro es un vago redomado

Como no podía dejar de pensar en esto (y mi compañero seguía generando informes sin leerlos), me he puesto a investigar. Necesitaba saber si soy yo, que soy un apocalíptico, o si la ciencia me respalda. Y la ciencia, por desgracia, dice que estamos jodidos.

He dado con un concepto que explica perfectamente la escena de esta mañana: Descarga Cognitiva

Según los investigadores Evan F. Risko y Sam J. Gilbert, nuestro cerebro tiene una tendencia natural y evolutiva a minimizar el esfuerzo.

Si hay una herramienta externa que puede hacer el trabajo (una calculadora, un GPS, una IA), el cerebro inmediatamente deja de procesar esa información para ahorrar glucosa.

Triste pero científicamente cierto. Reflexiona si has usado hace poco alguna de estas maravillosas herramientas de vomitar palabras. Tratar de retomar las tareas que antes hacías es casi imposible. Reduciéndolo un poco al absurdo ¿cómo vivíamos antes sin móvil? Pues vivíamos. 

Hasta ahí, todo bien. El problema es cuando lo que descargamos es el pensamiento mismo. En breve lo de pensar será algo reservado a aquellos seres humanos que no habitan entornos donde los modelos de lenguaje no sean herramientas de uso cotidiano.

Y peor aún. Existe algo llamado Sesgo de Automatización  estudiado por Linda SkitkaEs la tendencia a favorecer las sugerencias de los sistemas automatizados e ignorar la información contradictoria, incluso si la decisión correcta es obvia para un humano.

Es decir: si la máquina dice que gires a la derecha y hay un precipicio, tu cerebro (drogado por la comodidad) tiende a dudar de tus propios ojos antes que dudar del algoritmo.

Sesgo de Automatización  estudiado por Linda Skitka

El problema no es la herramienta. Yo uso el microondas. Sé que calienta las moléculas de agua por fricción. Sé que si meto una lata de fabada cerrada, voy a crear un espectáculo de fuegos artificiales y salsa en mi cocina. Asumo el riesgo. Lo uso.

El enemigo es ese «evangelismo tecnológico» que nos vende que pensar es un error del sistema que hay que parchear.

Nos venden la fricción cognitiva (el esfuerzo de buscar la palabra exacta, de recordar un dato, de orientarse en un mapa) como un problema, cuando en realidad eso es lo que somos.

«Lo googleamos todo, lo procesamos todo, lo delegamos todo. Se nos atrofia el asombro, se nos oxida la duda, se nos gangrena la curiosidad. Y nos quedamos ahí, blandos, cómodos, estúpidos.»

Yo ya me negaba antes, pero después de reflexionar un poco más, me niego en rotundo. 

Mientras mi compañero seguía «optimizando» su trabajo (es decir, dejando de hacerlo), me di cuenta de algo. En este nuevo mundo donde la media va a ser generada por IA, donde todo va a sonar «correcto», «profesional» y «estándar», la imperfección humana va a ser el nuevo lujo. 

El intenso que llevo dentro, ese que sobreanaliza, que duda, que conecta conceptos absurdos (fabada y microchips), de repente tiene un valor incalculable. Mi neurodivergencia, mi incapacidad para aceptar la respuesta fácil, mi obsesión por entender el «por qué» antes del «cómo»… eso es lo único que la máquina no puede replicar.

La máquina puede darme el promedio de todo el conocimiento humano. Pero no puede darme la excepción. Y yo, por definición, soy una excepción estadísticaMe niego a comer papilla pre-digerida por un servidor en Virginia.

Sin embargo, no te voy a mentir. Me siento solo. Me siento como el loco del pueblo gritando que el emperador va desnudo, mientras todos alaban la textura de su traje digital invisible. Aburre tener que justificar por qué prefiero escribir mis propios correos.

«¿Para qué pierdes el tiempo?», me dicen.

Y yo no sé explicarles que no estoy perdiendo el tiempo; estoy entrenando el músculo que me hace humano. Es la tristeza de ver cómo mis amigos dejan de discutir sobre cine para preguntarle a la IA «qué opinar sobre la última de Nolan». Es ver cómo la duda, que es la madre de toda filosofía, se sustituye por la certeza alucinada de un chatbot. Y recuerdo al pobre Platón cuando explicaba las sombras en la caverna. Ahora ni siquiera miramos las sombras; miramos una pantalla que nos describe cómo deberían ser las sombras si fueran perfectas.

Para no volverme loco y acabar viviendo en una cabaña sin wifi (tentador, pero poco práctico aunque sean los únicos seres humanos que no involucionen), he diseñado un sistema de supervivencia mental.

Lo llamo Fricción Consciente.

Sistema de supervivencia mental

Si voy a usar el microondas (la IA), tengo que saber exactamente qué estoy metiendo dentro y cuánto tiempo.

Regla 1: El Veto de la Creatividad.

Jamás, bajo ninguna circunstancia, delegaré la idea semilla. La IA puede ayudarme a podar el árbol, pero la semilla la planto yo. Si no tengo una idea, me jodo y espero. No pido prestada una sintética.

Regla 2: La Inspección de la Lata.

Nunca copiaré y pegaré un texto sin cambiar al menos el 20% de las palabras. No por orgullo, sino por higiene mental. Tengo que mancharme las manos con el texto. Si no lo toco, no es mío.

Regla 3: El Día Analógico.

Un día a la semana, prohibido preguntar nada a Google o a GPT. Si no sé quién ganó la liga en el 94, me quedo con la duda. Recuperar el placer de la incertidumbre. Sentir el picor de «no saber».

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento (que seguramente será un dron automatizado por falta de presupuesto), recordaré aquella tarde remota en la que mi padre me enseñó a buscar palabras en un diccionario de papel.

Nos vamos a morir, Diario. Eso te lo digo todos los días. La IA no nos va a dar la inmortalidad o yo no llegaré a verlo. Aunque tampoco la deseo especialmente.

Y cuando llegue el final, lo único que tendremos será nuestra experiencia subjetiva del mundo. Nuestros errores, nuestras dudas, nuestras metáforas torpes. Si dejo que una máquina viva mi vida intelectual por mí, llegaré a la tumba sin haber estrenado el cerebro.

Prefiero equivocarme yo. Prefiero que mi disculpa sea torpe pero sincera. Prefiero que mi lata de fabada explote y manche toda la cocina, porque al menos yo habré decidido cuánto tiempo poner el temporizador.

Como diría Sabina: «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió». Y yo añado: no hay estupidez peor que dejar que una máquina decida lo que debería suceder.

Boi ha heskrivir hese korreo llo mismo. Y voy a cometer una falta de ortografía a propósito. Solo para demostrar que sigo vivo.

Buenas noches, diario

Si este artículo te ha sonado, es probable que estés intentando unir las piezas del puzle. He ordenado las 7 claves fundamentales en una secuencia lógica para que no tengas que saltar de punto en punto.

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