Querido diario:
¿Sabes esa sensación de estar frente a alguien y sentir que eres un espía que ha olvidado su nombre en clave?
Esa certeza de que, si dejas de vigilar la curvatura de tu sonrisa o el ritmo de tu parpadeo, la otra persona va a notar que no eres «uno de los suyos». Es el miedo a que el «monstruo de la intensidad» se asome y devore la charla sobre el tiempo.
Hoy he salido con Elena. Elena es… normal.
Y lo digo con la envidia de quien mira un lago en calma mientras vive dentro de una centrifugadora. He pasado tres horas intentando que mi «traductor humano» no se sobrecalentara, filtrando cada dato, cada conexión arborescente, cada «sabías que…». Me he comportado como un manual de instrucciones de un mueble de oficina: útil, predecible y profundamente gris. Y ahora, mientras miro el techo, siento que me pica el alma por la fricción de haber llevado un traje de neopreno social tres tallas más pequeño de lo que necesito.

El club del traje de neopreno y la estafa del sistema
He pasado la noche analizando por qué me siento como un criminal por el simple hecho de ver patrones donde ella solo ve ruido. La culpa no es mía, es de la infraestructura. Vivimos en un sistema que ha canonizado la «charla de ascensor» como el estándar de oro de la salud mental. Se nos dice que la inteligencia es un «don», pero se nos castiga si la usamos fuera de los horarios de oficina.
Lo que Elena (y la sociedad) llama «intensidad» o «ser un rarito», en realidad tiene una base científica que el sistema prefiere ignorar para que sigamos comprando billetes de lotería y viendo programas de cocina. El doctor Damian Milton (2012) acuñó un término que me ha volado la cabeza hoy: el «Problema de la Doble Empatía».
La narrativa oficial dice que las personas con mentes divergentes o de alta capacidad carecemos de empatía porque no reaccionamos al «small talk».
Milton le da la vuelta al calcetín: el problema no es nuestra falta de empatía, sino la incapacidad mutua de dos personas con experiencias neurológicas diferentes para entenderse. El sistema me obliga a mí a hacer todo el trabajo de traducción, a ser yo quien aprenda su idioma «lineal», mientras ellos se sientan cómodos en su «horizontalidad social». Es un desequilibrio de poder cognitivo: yo soy el antropólogo en Marte, pero se espera que me comporte como un marciano local si quiero que me inviten a la siguiente cena.
El actor que olvidó cómo respirar
A mitad de la cena, Elena me preguntó qué me gustaba hacer en mi tiempo libre. Mi cerebro, en milisegundos, desplegó un mapa: el estudio de la arquitectura bioclimática de las termitas (sí, todavía le doy vueltas a eso), la teoría de juegos aplicada a las partidas de ajedrez online y mi obsesión actual por la etimología de las palabras que usamos para describir el miedo. Pero vi su cara.
Vi esa expresión de «no te metas en charcos» que el mundo normativo usa como escudo.
Así que hice lo que he aprendido a hacer para sobrevivir: Masking. Le dije que me gustaba «ver series y salir a correr». Una mentira piadosa que es, en realidad, un suicidio intelectual a plazos. Sentí una náusea física. Según la socióloga Arlie Hochschild, este «trabajo emocional» de gestionar mis expresiones para cumplir con sus expectativas consume más glucosa que subir al Everest.
Por fuera, Elena veía a un tipo educado tomando vino; por dentro, yo estaba en la UCI, entubado, intentando no gritar que el pH de ese vino era ligeramente superior a lo que sugería la etiqueta y que la resonancia acústica del restaurante estaba diseñada para maximizar el consumo rápido de postres. Es una soledad atroz: estar a treinta centímetros de alguien y saber que, si te muestras tal como eres, la distancia se volverá infinita.

Mi rareza es un radar de alta fidelidad
Pero, ¿y si dejamos de pedir perdón por ver los cables detrás del decorado? He decidido cambiarle el nombre a mi «defecto». No soy un inadaptado social; soy un Arquitecto de la Verdad Desnuda. Mi cerebro no tiene el «portero de discoteca» que filtra la información irrelevante (la famosa Inhibición Latente Disminuida que ya procesé en el vivero), pero eso significa que mi radar capta la belleza de las conexiones que otros ignoran.
Donde ellos ven una conversación aburrida, yo veo una oportunidad para diseccionar la condición humana. Mi intensidad no es un error de fábrica, es una característica de alta gama. Si el mundo prefiere vivir en baja resolución, es su problema, no el mío. No tengo por qué disculparme por tener un procesador que detecta la hipocresía social a kilómetros de distancia. Mi «rareza» es en realidad una brújula de autenticidad en un mar de plástico.
Para no volver a terminar una noche sintiendo que he sido un fraude, he diseñado una herramienta de auto-análisis: el Protocolo de la Salida de Emergencia Socrática. La idea es simple:
- El Test de los 5 Minutos: Cada cinco minutos de charla mundana, me permito soltar una «micro-dosis» de mi yo real. Una conexión inesperada, un dato oscuro, una pregunta profunda.
- Monitorización del Brillo: Si la otra persona se asusta o me mira como si fuera un extraterrestre, activo el «Modo Audio» (baja resolución).
- La Regla de la Verdad Mínima Viable: Nunca más diré que «veo series» si en realidad estoy estudiando la caída del Imperio Romano. Diré: «Me interesan los sistemas complejos». Es una verdad a medias, pero al menos no me deja ese sabor a ceniza en la boca.
El reloj de arena no tiene pausa
Miro mi mano. El tiempo se nos escapa entre los dedos como arena fina. Me quedan un número limitado de latidos y un número limitado de palabras. ¿De verdad voy a gastar mi precioso tiempo intentando que Elena, o Marcos, o mi jefe, piensen que soy «normal»? La vida es demasiado corta para ser un extra en una película que ni siquiera nos gusta. Mañana podría estar en la tumba y lo último que recordaría sería mi mentira sobre «salir a correr». Qué desperdicio de sinapsis.
He cerrado el diario y me he ido al baño a lavarme la cara. Mientras me miraba al espejo, el móvil ha vibrado sobre el mármol. Era un mensaje de Elena.
He pensado: «Aquí viene el ‘me lo he pasado bien, pero…'». O el «eres muy majo, pero… intensidad».
He abierto el mensaje. Decía:
«Oye, gracias por la cena. Pero tengo que confesarte algo. He pasado toda la noche fingiendo que me importaban las series y el running porque me habían dicho que eras un genio y me daba pánico soltar alguna tontería sobre mi colección de fósiles o mi teoría sobre por qué los algoritmos de Spotify están destruyendo la cultura musical. Me he sentido como una actriz de serie B. Si alguna vez te apetece dejar de ser tan ‘perfecto’ y hablar de algo que no sea el tiempo, dímelo».

Me he quedado helado. He pasado tres horas construyendo un muro de normalidad frente a otra persona que estaba haciendo exactamente lo mismo. Nos hemos ignorado mutuamente mientras estábamos sentados a la misma mesa.
He cogido el teléfono y he escrito: «Hablemos de los fósiles. Yo pongo la entropía».
Mañana será otro día. O tal vez el primer día de algo real.
📚 REFERENCIAS Y RECURSOS
- Milton, D. E. (2012). On the ontological status of autism: the ‘double empathy problem’. Autism, 16(5), 883-887. Enlace al estudio
- Hochschild, A. R. (1983). The Managed Heart: Commercialization of Human Feeling. University of California Press. Enlace al libro
- Hollingworth, L. S. (1942). Children Above 180 IQ Stanford-Binet: Origin and Development. World Book Company. Enlace al libro
- Schwartz, B. (2004). The Paradox of Choice: Why More Is Less. Harper Perennial. Enlace al libro


