Vives con el volumen al 11.

No estás rot@. Solo procesas la realidad en estéreo en un mundo configurado en mono.

¿Acabas de llegar? Empieza por aquí: El itinerario de 7 días para entender tu hardware mental.

Nota antes de que entres en mi cabeza:

Lo que vas a leer a continuación es un híbrido. La parte teórica —el análisis, la biología y los conceptos sobre el hardware mental— es rigurosamente real. Sin embargo, la narrativa, las anécdotas y los personajes son una licencia literaria.
He disfrazado la realidad de ficción para que la verdad sea más fácil de digerir (y porque a veces es la única forma de reírnos de nuestra propia intensidad sin que parezca una tragedia).

Advertencia: Cualquier parecido con tu realidad... probablemente no sea coincidencia.

Porque Fray Guillermo de Ockham no sabía montar muebles de Ikea

Querido diario:

Hoy es uno de esos días en los que me voy a aprovechar de tu inerte paciencia. Acostúmbrate, no se me plantea muy a menudo la ocasión de divagar sobre filosofía con alguien. Así que, como se que de momento no vas a poner cara rara ni vas a inventar una excusa para escaquearte, te aguantas.

Siéntete libre de interrumpirme, cerrar tus tapas de golpe y contradecirme cuando creas que mi razonamiento hace aguas, ya sabes que disfruto con la crítica constructiva.

Una vez que te he avisado de la que se avecina, empecemos por el principio.

La filosofía es ese concepto que asusta tanto a la población normotípica que incluso ha provocado que se elimine como asignatura obligatoria.

Es lógico que lo hayan hecho. La filosofía incomoda; se sale de la norma, de lo simple. 

Su eliminación es, irónicamente, la decisión correcta bajo su propia lupa: si aplicas la filosofía detrás de la Navaja de Ockham a la decisión de eliminarla, la solución más pragmática es borrarla del mapa

Por eso han sido pocas las voces discordantes. 

Porque si aplicas la filosofía a la decisión de eliminar la filosofía, sólo hay una solución correcta: eliminar la filosofía. Mantenerla como asignatura era un error de bulto 

Tras esta divagación, querido diario, si fueras de carne y hueso ya habrías salido huyendo. 

Por suerte, eres celulosa inerte y te tengo bien sujeto, aunque sea con mi mano torpe.

Así que reprime tus intenciones de huida y aguanta el chaparrón estoicamente.

Sé fiel a la filosofía, en este caso la solución más simple pasa por reconocer que no tienes escapatoria, así que, indefectiblemente, es la solución correcta.

No sé si ya tendrás una ligera idea de por donde ha trepado hoy mi pensamiento arborescente.

Lo que supongo que tengas claro es que hoy no eres la bitácora en la que guardo los mensajes para mí yo del futuro. Hoy eres un lienzo en blanco en el que quiero comprobar qué ocurre si derramo aleatoriamente 32 tarros de Sopa Campbell.

Antes de irme por las ramas, fijemos el punto de partida: el principio de parsimonia.

Quizás no te suene por su nombre técnico; cosas del branding histórico. ‘Navaja de Ockham’ tiene mucho más punch comercial que ‘Principio de Parsimonia’

La navaja es atractiva, es tangible, es un arma de defensa. 

El principio de parsimonia suena a tostón.

El principio de parsimonia suena a tostón

Así que el mundo ha adoptado la navaja porque mola. Mola no solo el nombre, mola el funcionamiento. Lo tiene todo para ser un producto de éxito. Nombre, sencillez y una experiencia de usuario que roza el orgasmo.

Si Fray Guillermo levantara la cabeza probablemente se llevaría las manos a la cabeza por no habernos dejado un manual de instrucciones de su Principio de Parsimonia. O no. eso no podemos saberlo.

El caso es que, aparte de las teorías que surgieron en su contra, está la mutilación que se ha llevado a cabo para convertirla en el exitoso producto que es hoy en día.

En su origen el principio de parsimonia venía a decir que, en igualdad de condiciones, la solución más simple es la mas probable. O dicho de otro modo como pone la Wikipedia:

Cuando se ofrecen dos o más explicaciones de un fenómeno, es preferible la explicación completa más simple; es decir, no deben multiplicarse las entidades sin necesidad.

La negrita de “completa” no es mía, la de igualdad de condiciones si.

Con el paso del tiempo, se ha pervertido hasta convertirse en:

La solución más simple es siempre la correcta

Reconoce, Diario, que tiene su gancho. Que suena tan contundente como la Tercera Ley de Newton. Que es el navajazo perfecto para cualquier debate cuando la amplitud y profundidad de los argumentos del contrario sobrepasan tus límites.

Le sueltas: 

Te equivocas, le das demasiadas vueltas. La solución más simple es siempre la correcta.

Y con eso desarmas a cualquiera. 

Así que se ha convertido en un fenómeno de masas viral. Un argumento de fondo de armario que nadie debe perderse.

¿Y todo este rollo a que viene? Viene a lo de siempre, querido diario. Una de esas crisis existenciales de las mías.

Avaricia en el pasillo 4: La neurociencia de por qué somos tacaños mentales

Hace un rato cometí la imprudencia de intentar montar uno de esos rompecabezas suecos. 

Los libros y los papers amenazan con enmoquetar el salón y ya era hora de disponerlos en vertical.

Estaba montando la estantería Järvfjället (algo así que suena plausiblemente sueco).

Dos horas de sudor y juramentos, mientras el hombrecillo de la ilustración del manual parecía descojonarse de mi esfuerzo.

Al final lo conseguí. La estantería perpendicular al suelo del salón. Aparentaba esa simplicidad y solidez que sólo los suecos saben dar a sus diseños. 

Por el rabillo del ojo advertí que el muñequito del manual señalaba mi mano izquierda. Y entonces caí en la cuenta: en mi mano sostenía una pequeña pieza metálica: la pieza “H”.

Seducido por el marketing Ockhamiano pensé: 

“esto es un respuesto. Los suecos son gente previsora. La estantería se sostiene. Seamos simples por una vez, no hay que añadir entidades sin necesidad”

Porque Fray Guillermo de Ockham no sabía montar muebles de Ikea

Comenzaba ya a sentir esa experiencia de usuario que acompaña a todo buen producto de marketing: la explicación simple (es un repuesto) resultaba seductora, rápida y barata.

La otra explicación, la de mi condenado cerebro («es un soporte de tracción vital que requiere desmontar medio mueble para instalarlo ahora») era costosa, dolorosa y lenta.

Y así disfruté de mi momento de simplicidad. Comencé a colocar todas las investigaciones y enciclopedias en la estantería.

CRASH. 

Mielina contra simplicidad: La rebelión de los que no saben ignorar.

La estantería cedió hacia la derecha, tirando el café sobre la alfombra y casi decapitando al gato.

Y oí esa vocecita chillona “Te lo dije” “Lo sabías” “la pieza «H» no era un repuesto. Era el perno de carga estructural lateral” “Mira que montón de leña de diseño sueco te ha quedado”

Eso me pasa a mí por intentar ser como los demás. Por caer en la trampa de la simplicidad. 

Por tratar de ser algo que no soy: normal.

Por tratar de ser algo que no soy: normal.

Como comprenderás, para tratar de evitar caer en la tentación de nuevo, he hecho eso que se me da tan bien: saciar mi curiosidad.

Así que he recogido un montón de documentos de los que nuevamente han quedado esparcidos por el suelo. Y allí estaban las respuestas. Delante de mis narices todo el tiempo.

Así he descubierto que ya en tiempos de Fray Guillermo alguno llegó a aventurar que, en un lejano futuro, un sujeto rarito acabaría destrozando una estantería por culpa de que el tiempo aplicaría la navaja a la propia navaja.

Era un colega franciscano, Walter de Chatton. Formuló lo que se conoce como Anti-Navaja de Chatton.

¿A que no te suena? Seguro que no has oído hablar del bueno de Walter. Porque su teoría no es simple, no es barata y no produce una deliciosa experiencia para el usuario.

Viene a decir:

“Si tres cosas no son suficientes para verificar una proposición afirmativa sobre las cosas, debe añadirse una cuarta, y así sucesivamente”

Intenta explicarle a un cerebro diseñado para la eficiencia metabólica que la realidad requiere una redundancia compleja. Buena suerte con eso. Yo desistí de intentarlo hace mucho.

Porque el cerebro es un avaro cognitivo, como nos dijeron Fiske y Taylor. Pensar consume glucosa. Pero respirar y hacer latir el corazón también. Así que el cerebro, obviamente, prioriza lo segundo, porque si no lo logra, no podría hacer lo primero.

No podemos culpar a nadie por preferir respirar y vivir a complicarse la vida. Pero cuando tienes este cerebro repleto de mielina que hace las cosas de manera más rápida y más eficiente, la cosa cambia. 

Te cuesta menos glucosa, así que tu cerebro no debe elegir y hace las dos cosas.

Y como eso no es la norma, pues te cuelgan la etiqueta de rarito, intenso, pesado…

La evolución nos diseñó para ser unos tacaños mentales. Buscamos atajos. Buscamos la respuesta rápida no porque sea cierta, sino porque es barata.

El mundo no adora la Navaja de Ockham porque revele la verdad del universo. La adora porque es cómoda. Triunfa porque nos permite cerrar la pestaña del navegador mental y volver a ver vídeos de gatos

¿Qué pasa si aplicamos la navaja a la navaja? Si la Navaja de Ockham dice que «la explicación más simple suele ser la correcta»… La pregunta es: ¿Por qué usamos la Navaja de Ockham?

Explicación A (Compleja): Porque a través de siglos de epistemología hemos depurado un método heurístico que maximiza la probabilidad bayesiana de… bla bla bla.

Explicación B (Simple): Porque somos vagos y nos gusta tener razón rápido.

¡BOOM! Si aplicas la Navaja de Ockham a sí misma, la conclusión es que usamos la Navaja de Ockham solo porque es fácil, no porque funcione. La propia herramienta se hace el hara-kiri

La última simplificación: Crónica de una muerte con cimientos sólidos.

Quizás sea por eso, querido diario, que la gente funciona así. Todos somos conscientes que vamos a morir. Aquí no nos permiten quedarnos a ninguno, por muy intensos que seamos.

La muerte es el acto de simplificación más grande. Hasta el organismo más complejo se convierte en simple polvo.

Y si vamos a morir, aplicando la navaja de Ockham, la solución correcta es no complicarse la existencia. Porque es la más simple.

Pero si la vida es lo contrario de la muerte, vivir entonces es complejo, sucio y costoso.

Así que, escojo vivir como hay que hacerlo antes que simplificarme para que otros disfruten de la simplicidad. Ya tendré una eternidad para ser polvo simple.

Ahora prefiero ser un poco más «lento» y «completo», que llegar al final de mis días, mirar atrás y ver que todo lo que construí se derrumba porque me dio pereza poner los cimientos necesarios. 

Una vida simple está bien. Pero una vida completa… ah, eso es otra cosa. Aunque cueste más montarla para que no se derrumbe.

Mañana volveré a por otra estantería, pero esta vez, juro que montaré hasta la última maldita arandela.

Si este artículo te ha sonado, es probable que estés intentando unir las piezas del puzle. He ordenado las 7 claves fundamentales en una secuencia lógica para que no tengas que saltar de punto en punto.

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