Querido Diario:
Hoy he asistido a mi propio funeral. No había flores ni música triste, solo un proyector parpadeante y una presentación de PowerPoint con 84 diapositivas titulada «Optimización de Sinergias Q3».
Estaba sentado allí, escuchando a uno de esos que yo llamo el «Sumo Sacerdote de la Productividad». Ya sabes, ese tipo de perfil que ha aprendido a gestionar la creatividad viendo tutoriales de YouTube y cree que innovar es poner pufs de colores en la recepción.
Mientras él hablaba de procesos lineales, mi cerebro ya había detectado tres fallos estructurales en su plan, había calculado la pérdida financiera a seis meses y, por aburrimiento, había rediseñado el logotipo de la empresa mentalmente.
Pero, ¿dije algo? No.
Sonreí. Asentí. Y sentí cómo moría un poco por dentro.

🎭 La Maldición de Casandra
¿Alguna vez has sentido que estás gritando bajo el agua? Es esa sensación física, opresiva, de ver el iceberg contra el que se va a chocar el barco, avisar al capitán, y que te manden al calabozo por «alterar el orden».
Ves las injusticias, las contradicciones y los errores lógicos flotando en el aire como luces de neón. Pero has aprendido a morderte la lengua, a callar esa voz que clama por un cambio. Porque la última vez que hablaste, no te dieron las gracias; te etiquetaron de «problemático» o «intenso».
Salí de esa reunión más agotado que si hubiera corrido una maratón. Y no hice nada físico.
Lo que experimenté hoy tiene nombre clínico. La socióloga Arlie Hochschild acuñó el término «Trabajo Emocional». Explica que el esfuerzo de gestionar tus expresiones faciales y corporales para cumplir con las expectativas sociales consume tanta energía glucosa como el trabajo físico pesado.
He pasado dos horas reprimiendo mi enfoque creativo para evitar ser marginado. He tenido que ponerme el disfraz y la máscara para poder encajar. Esa disonancia entre lo que pienso (esto es un desastre) y lo que muestro (sonrisa complaciente) crea una tensión interna devastadora. Es una doble vida: por fuera sigo el protocolo, por dentro tramo revoluciones que nunca sucederán.
⚔️ El Culto a la Mediocridad Lineal
El problema no soy yo. O al menos, no soy solo yo.
Vivimos en sistemas que son hostiles a la divergencia. En la escuela, si proponías diez soluciones, eras el que «distraía la clase». En el trabajo, si cuestionas el procedimiento, eres «difícil».
Estos entornos premian la conformidad y reprimen las voces disidentes. El sistema educativo y corporativo tradicional está diseñado para estandarizar, no para explorar.
El «Sumo Sacerdote» de hoy, con su látigo de métricas e indicadores, no quiere leones; quiere gatos domésticos que sepan usar una caja de arena. Y yo estoy cansado de maullar cuando sé rugir.
Mientras volvía a mi escritorio, me di cuenta de algo. Esa capacidad para ver los fallos, esa sensibilidad que a veces se siente como una maldición, es en realidad un superpoder de detección.
No soy un empleado difícil. Soy un canario en la mina de carbón.
Si el aire es tóxico, yo caigo primero. Eso no me hace débil; me hace el indicador más fiable de la salud del sistema. Mi frustración es la prueba de que mi cerebro funciona correctamente en un entorno disfuncional.

Como no puedo cambiar el sistema hoy (y necesito pagar el alquiler), he decidido cambiar mi estrategia. En lugar de ser la víctima silenciada, voy a actuar como un espía en territorio enemigo.
- La Bitácora Clandestina: En lugar de frustrarme en las reuniones, usaré esa energía para documentar. Escribiré mis «soluciones radicales» en un cuaderno privado. Abono el terreno para mí mismo.
- Micro-dosis de Verdad: No soltaré toda la verdad de golpe (la gente se asusta). Soltaré preguntas socráticas inocentes: «¿Y qué pasaría si…?» en lugar de «Esto está mal».
- Encontrar Aliados: Buscaré a otros con la máscara puesta. Sé que están ahí. Esos que miran al techo cuando el jefe dice una tontería. Crearemos nuestro propio espacio seguro donde las ideas no sean juzgadas.
⏳ Urgencia Existencial
Porque, querido diario, no puedo pasarme la vida actuando. Ya sabes que eso no va conmigo. Nunca fué y desde el ictus menos aún.
La vida es demasiado corta para ser un extra en la película aburrida de otro.
Si sigo disimulando mis ideas y adaptándome a un molde preestablecido, renuncio a la oportunidad de mostrar todo lo que soy capaz de aportar. Y peor aún, me robo a mí mismo la posibilidad de brillar.
Al final de la reunión, el «Sumo Sacerdote» se me acercó. Pensé que me iba a caer la bronca habitual por mi cara de póker.
Me miró a los ojos, bajó la voz y me dijo: «Oye, honestamente… ¿tú crees que alguien se ha creído la diapositiva 40? Porque yo no tengo ni idea de lo que significa».
Sonreí. Pero esta vez fue una sonrisa real.
Resulta que él también lleva máscara. Solo que la suya le aprieta más que la mía.
Quizás no estamos tan solos. Solo estamos todos muy asustados.
📚 REFERENCIAS Y RECURSOS
- Hochschild, A. R. (1983). The Managed Heart: Commercialization of Human Feeling. University of California Press. (Concepto de Trabajo Emocional). Enlace al libro
- Edmondson, A. (1999). Psychological Safety and Learning Behavior in Work Teams. Administrative Science Quarterly. (Concepto de Seguridad Psicológica). Enlace al DOI




