Fecha: Jueves, 11:42 PM.
Ubicación: En la cama, repasando mentalmente cada frase que he dicho en las últimas 4 horas.
Estado: Resaca de vulnerabilidad (la peor de todas).
Querido Diario:
Hoy he vuelto a cometer el error clásico. El error de novato. El error que se supone que ya debería haber superado a mi edad: He sido yo mismo en público.
La escena del crimen fue una cena «tranquila» con amigos de amigos. Ya sabes, ese tipo de evento social donde el protocolo exige hablar del clima, de las series de Netflix que todo el mundo ve, o de lo caro que está el alquiler. Una coreografía verbal segura. Un baile de salón.
Pero entonces, alguien soltó la pregunta trampa: «¿Y tú, en qué estás pensando?».
En ese momento, mi cerebro no estaba en la cena. Estaba intentando correlacionar la forma de las copas de vino con la resonancia acústica de la sala y cómo eso me recordaba a un artículo que leí sobre cómo las ballenas jorobadas cambian su «canción» cuando hay mucho tráfico marítimo.
¿Sabes esa sensación física, casi dolorosa, de tener una orquesta sinfónica tocando en tu cabeza, pero cuando abres la boca solo sale el sonido de un silbato de plástico roto?
Eso es lo que siento. Tengo un universo dentro. Un mapa en 3D lleno de atajos y rutas aéreas. Pero el lenguaje humano es una línea recta. Es un sendero de una sola dirección.
Y tratar de meter mi mapa 3D en su sendero lineal es como intentar meter un océano en un vaso de chupito: solo consigues mojarlo todo y parecer un patoso.
La Catástrofe de la Lasaña
Respondí a la pregunta.
No dije «nada». Dije la verdad. Empecé a hablar de las ballenas. Y de ahí salté a las ecuaciones matemáticas. Y de ahí a Ada Lovelace. Y de ahí a cómo la programación es poesía. Hablé durante tres minutos sin respirar.
Cuando terminé, hubo ese silencio. Ese maldito silencio educado. Uno de ellos pinchó un trozo de lasaña y dijo:
«Qué intenso eres, macho. Yo solo quería saber si te gustaba el vino».
Risas.
Como siempre Me encogí. Me hice pequeño. Me sentí como un árbol en un bosque de relojes. Un error de fábrica. Una vez más, la etiqueta: «Intenso». «Rarito». «El que vive en las nubes».

La Maldición del Conocimiento (y la soledad del poeta)
Llegué a casa jurando no volver a hablar nunca más. Pero, como buen masoquista intelectual, me puse a investigar por qué demonios me pasa esto.
Me encontré con el concepto de la «Maldición del Conocimiento» (un experimento de Elizabeth Newton en Stanford, 1990).
El experimento es simple: Una persona tamborilea una canción famosa (como el «Cumpleaños Feliz») con los dedos sobre una mesa.
La otra persona tiene que adivinarla. El que tamborilea escucha la melodía en su cabeza. Para él es obvio. Es clarísimo. El que escucha solo oye: Toc, toc, toc-toc-toc. Ruido sin sentido. Solo adivinaron el 2.5% de las canciones.
Yo soy el que repiquetea los dedos, el que sabe la canción.. Escucho la sinfonía de Ada Lovelace viendo arte en las máquinas. Veo el pánico de las vacas ante las sombras como Temple Grandin. Pero los demás solo escuchan golpes en la mesa.
Aceptar esto duele: Hablar con una mente divergente es, a menudo, escuchar a un poeta hablando en código binario.
No soy «Intenso», soy un Pésimo Traductor
Aquí es donde mi autocompasión se detuvo en seco.
Recordé la historia de Steve Jobs. (Sí, ya sé, el cliché de los cuellos de tortuga).
Cuando presentaron el iPod/iPhone, los ingenieros querían hablar de Gigabytes, de procesadores, de especificaciones técnicas. Querían tamborilear la mesa.
Jobs les prohibió hablar «en ingeniero». Él dijo: «Es mil canciones en tu bolsillo». O «Es como tener tu vida en el bolsillo».
El problema en la cena no fue mi idea sobre las ballenas y las matemáticas. El problema fue que intenté explicar la nevera desordenada de mi mente.
Les tiré los ingredientes crudos: los datos, las fechas, las conexiones lógicas.
No les cociné el plato. Jobs entendió que las mentes raritas como las nuestras necesitan traducir sus visiones a un idioma que los demás sientan, no que solo entiendan.
La Metáfora Cotidiana
Si quiero sobrevivir en este mundo de relojes siendo un árbol, tengo que aprender a «vender» mi madera.
La próxima vez, en lugar de soltar la teoría completa sobre la termodinámica, usaré la técnica del Chef de Algoritmos:
Por ejemplo: «Este algoritmo es como un chef que mezcla ingredientes que nadie mezclaría para crear un sabor nuevo».
Simple. Visual. Emocional.

Tengo que dejar de pedir perdón por florecer fuera de temporada, pero tengo que empezar a responsabilizarme de mis traducciones. Si mi idea no cabe en un Excel, quizás deba dibujarla en una servilleta.
Estaba a punto de cerrar este diario y apagar la luz, convencido de mi fracaso social absoluto, cuando mi móvil ha vibrado.
Es un mensaje de WhatsApp. De Clara. La chica que estaba sentada frente a mí en la cena, la que apenas habló y que pensé que me miraba con lástima mientras yo divagaba sobre Ada Lovelace.
El mensaje dice: «Oye, me he quedado pensando en lo que dijiste de las ballenas y los patrones matemáticos. Soy música, compongo bandas sonoras. Llevo meses bloqueada con una partitura porque me sonaba todo demasiado ‘mecánico’. Lo que has dicho de traducir ecuaciones a música… creo que acaba de desbloquearme el segundo acto. Gracias por la intensidad. Hacía falta.»
Van Gogh pintó 2.000 obras y vendió una en vida. 400 francos de la época allá por finales del siglo XIX. Regaló otras y cambió algunas por comida o materiales para seguir pintando.
Murió convencido de ser un fracaso artístico y una carga para su familia.
Sus cielos arremolinados parecían errores para los críticos de su época. Hoy sabemos que pintaba la turbulencia matemática perfecta.
A veces, lanzamos botellas al mar pensando que es basura. Pero en algún lugar, alguien está esperando exactamente ese mensaje.
Quizás no fracasé en la cena. Quizás, simplemente, solo había una persona en la sala que hablaba mi idioma. Y con una basta.
Hasta mañana.
📚 REFERENCIAS Y RECURSOS
- La «Maldición del Conocimiento» (The Curse of Knowledge): Newton, L. (1990). Overconfidence in the Communication of Intent: Heard and Unheard Melodies. Stanford University. (Tesis doctoral que acuñó el término ilustrando la discrepancia entre el que transmite y el que recibe). Enlace al resumen del concepto en HBR
- Temple Grandin y el Pensamiento Visual: Grandin, T. (1995). Thinking in Pictures: My Life with Autism. Vintage Books. Referencia directa: Su capacidad para «sentir» lo que los animales sentían visualizando sus recorridos. Enlace al libro







